Canciller de la Universidad de Oxford Persona de gran caridad, lleno de comprensión y especialmente sensible al sufrimiento de enfermos y ancianos. Luchó por el celibato del clero, por la libre administración de los sacramentos y para que la santa misa se celebrara en condiciones dignas. San Ricardo es el santo patrono de Sussex, Plinio María Solimeo
Segundo hijo de Ricardo y Alicia de Wych, pertenecientes a la nobleza agrícola, también es conocido como san Ricardo de Chichester. Nació en 1197 en Burford, cerca de Wych, actual Droitwich, en el condado inglés de Worcestershire. A raíz de la muerte de sus padres, su hermano mayor, Roberto, debía heredar las propiedades. Sin embargo, su minoría de edad se lo impidió, y las tierras quedaron bajo custodia feudal hasta que alcanzó la mayoría de edad y pudo tomar posesión de ellas. Pero para entonces, los impuestos habían subido tanto que la familia se empobreció. Así que Ricardo se puso a trabajar en los campos de su hermano, y lo hizo con tal empeño que pronto se restablecieron las arruinadas finanzas familiares. Agradecido a su hermano, Roberto le cedió la posesión de las tierras. Con el tiempo, algunos amigos le recomendaron a Ricardo que se casara con una determinada dama de la nobleza, pero sus planes eran otros. Sugirió entonces a su hermano Roberto que se desposara con ella y le cedió sus bienes, pues había decidido entregarse al servicio de la Iglesia para llevar una vida de estudio y de oración. Fue con ese objetivo a la Universidad de Oxford donde estudió bajo la tutela del célebre profesor Grosseteste y de san Edmundo Rich, a quien profesó una profunda amistad y veneración. Allí vivió en extrema pobreza, en compañía de otros dos estudiantes. Canciller de la Universidad de Oxford Una vez titulado, y antes de empezar a enseñar en su universidad, Ricardo decidió perfeccionarse en París, y más tarde en Bolonia, donde pasó siete años formándose en Derecho Canónico. Adquirió tal reputación que, cuando regresó a Inglaterra en 1235, fue elegido canciller de Oxford. Poco después, su antiguo maestro Edmundo Rich se convirtió en arzobispo de Canterbury y le nombró canciller de la diócesis. San Edmundo, además de predicador de la Sexta Cruzada (1228-1229) y respetado matemático, se había graduado en dialéctica y teología en las universidades de París y Oxford, donde promovía el estudio de Aristóteles. Ricardo compartía sus ideales de reformar al clero y apoyar los derechos del Papa, y en esto último disgustó al rey. Obligado a exiliarse por tal motivo, san Edmundo se refugió en el monasterio cisterciense de Pontigny, adonde le siguió Ricardo.
San Edmundo murió en 1240 y fue canonizado en 1246. El Martirologio Romano del 16 de noviembre dice a su respecto: “En Canterbury, en la Gran Bretaña, san Edmundo, obispo y confesor, que, desterrado por defender los derechos de la Iglesia, murió santamente en Provins, ciudad de la región de Sens. Fue incluido en el catálogo de los santos por el Papa Inocencio IV”. Ricardo decidió entonces hacerse sacerdote y para ello estudió teología durante dos años con los padres dominicos en Orleans. De regreso a Inglaterra, no tardó en ser nombrado canciller de Canterbury por su nuevo obispo, Bonifacio de Saboya. Lucha entre el altar y el trono Al quedar vacante la sede de Chichester, Ricardo fue designado para ocuparla. Sin embargo, el rey Enrique III, apoyado por un sector del cabildo de la catedral, se opuso a su nombramiento, puesto que su favorito era Roberto Passelewe. Pero el arzobispo Bonifacio se negó a confirmar al protegido del rey, y ambas partes apelaron al Papa. El rey confiscó entonces las propiedades y rentas del obispado, transfiriéndolas a la Corona. Ricardo se vio obligado a exiliarse, a pesar de que el Papa Inocencio IV había confirmado su elección. El propio Pontífice lo consagró obispo en la ciudad de Lyon en marzo de 1245. Después de largas negociaciones, en las que el Papa salió en defensa de san Ricardo, este consiguió dejar el exilio y tomar posesión de su diócesis. Sin embargo, el rey se negó durante dos años a devolverle sus propiedades y tuvo que vivir en casa del párroco de Tarring, desde donde visitaba a pie su diócesis. Intransigente con los usureros y el clero corrupto, vivía con mucha frugalidad y templanza, le gustaba cultivar higos en su tiempo libre, llevaba cilicio y excluía la carne de su dieta, alimentándose solamente de legumbres. Reforma del clero De regreso a su diócesis, san Ricardo consagró los ocho últimos años de su vida a reformar al clero. A fin de remediar los males existentes, con la ayuda de su cabildo, codificó un conjunto de estatutos para la organización de la Iglesia a nivel diocesano. Como aquella época conservaba aún restos de barbarie, dichos estatutos entraban en detalles que hoy parecerían superfluos, pero que con el tiempo se incorporaron a las normas de la Iglesia.
La vida mundana de muchos clérigos llevó a algunos sacerdotes a contraer matrimonio en secreto, aun cuando esta alianza sacrílega estaba prohibida por el Derecho Canónico y tales mujeres eran consideradas concubinas por la Iglesia. San Ricardo decretó que el clero casado debía ser privado de sus beneficios, y sus concubinas perderían los privilegios de la Iglesia, tanto en vida como después de la muerte. Fueron declaradas incapaces de heredar cualquier propiedad de sus maridos, y sus legados debían ser donados para el mantenimiento de la catedral. Para evitar esta situación, los candidatos al sacerdocio deberían hacer voto de castidad y vivir de acuerdo con él. Asimismo, estableció que, para remediar los abusos, los párrocos debían ser sacerdotes, poseer una sola propiedad donde vivir y no se les permitía tener otra parroquia con nombre falso. Al no ser sacerdotes, los diáconos estaban prohibidos de confesar, imponer penitencias o bautizar, aunque en este último caso podían hacerlo en ausencia de un sacerdote. Para mayor decoro de la liturgia, los sacerdotes debían celebrar la misa con ornamentos impecables y usar un cáliz de plata o de oro, “completamente limpio”. Sobre el altar colocarían al menos dos palias consagradas para cubrir el cáliz durante el Sacrificio, y una cruz delante del celebrante. Para la Consagración, el pan debía elaborarse con la harina de trigo más pura, aunque el vino podía mezclarse con agua. Sin embargo, estos elementos no debían conservarse más de siete días. Cuando la hostia consagrada se llevaba a un enfermo, debía encerrarse en un píxide o estuche, y el sacerdote había de ir precedido de una cruz, una vela, agua bendita y una campanilla. Los arcedianos, para administrar justicia, debían contentarse con sus honorarios respectivos, sin exigir más para acelerar o retrasar una causa. Debían visitar regularmente las iglesias para comprobar que los oficios divinos se administraban correctamente, que los vasos sagrados y los ornamentos estaban en orden, que el canon de la misa se observaba correctamente y se leía con claridad, así como las “horas” canónicas. Los sacerdotes que por prisa suprimían o arrastraban las palabras debían ser suspendidos. Los clérigos tenían que llevar la vestimenta adecuada y no imitar las costumbres de los laicos. No se les permitía llevar el pelo largo ni adornos mundanos. Los nombres de los excomulgados debían leerse cuatro veces al año en las iglesias parroquiales. Poniendo fin a una vida de combates
Los reyes ingleses tenían entonces una tendencia absolutista, que más tarde desembocaría en el cisma de Enrique VIII, y san Ricardo, siendo respetuoso de los derechos de la Iglesia, tuvo severas disputas con su soberano. Entre otras, aquella en la que desoyó la petición real en favor de un sacerdote al que había reducido al estado laical por haber seducido a una mujer. En otra ocasión, los habitantes de la ciudad de Lewes se apoderaron de un criminal que se había refugiado en una iglesia y lo lincharon hasta matarlo, violando así su derecho de asilo en el santuario. San Ricardo les obligó a exhumar el cadáver y darle debida sepultura en suelo consagrado. También solía imponer severas penitencias a los caballeros que atacaban a los sacerdotes. Habiendo recibido del Papa la misión de predicar la Séptima Cruzada (1248-1254), san Ricardo fue antes a Dover para dedicar una capilla a san Edmundo. Se alojó en la Maison Dieu, una casa para sacerdotes pobres, y murió allí en la medianoche del 3 de abril de 1253, con tan solo 56 años de edad. Sus órganos internos fueron retirados y colocados en el altar de la capilla. De acuerdo con su última voluntad, el cuerpo de san Ricardo fue llevado a Chichester y enterrado en la capilla situada al norte de la nave, dedicada a su protector san Edmundo. Más tarde, en 1276, sus restos fueron trasladados a un nuevo mausoleo en la misma catedral. Fue canonizado por el Papa Urbano IV en Viterbo en 1262, solo nueve años después de su muerte. El mausoleo con sus reliquias en la catedral de Chichester atraía a muchos peregrinos, pues su popularidad era semejante a la de santo Tomás Becket en Canterbury. En 1538, durante el cisma de Inglaterra, el relicario del santo fue destruido por el canciller Thomas Cromwell (1485-1540) por orden del cismático rey
Fuentes consultadas.- * Gilbert Roger Hudleston, St. Richard of Wyche, The Catholic Encyclopedia, CD Rom edition.
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