La Palabra del Sacerdote La abolición de la tiara pontificia

PREGUNTA

Recientemente, nuestro párroco puso en el cartel de anuncios un recorte de prensa sobre el 60 aniversario del día en que Paulo VI abandonó el uso de la tiara y la donó a los pobres. Esto suscitó un debate entre los catequistas: unos decían que fue algo bueno porque acercó la Iglesia a los pobres; otros argumentaban que despojarse de los signos exteriores disminuía la autoridad del Papa. ¿Qué opina usted?

RESPUESTA

Padre David Francisquini

Como muy bien señala nuestra consultante, el gesto de Paulo VI del 13 de noviembre de 1964, cuando abandonó el uso de la tiara papal durante el Concilio Vaticano II y la dejó a los pobres, estuvo cargado de simbolismo y provocó diversas reacciones.

Por un lado, los progresistas vieron en la actitud papal un signo elocuente de humildad y un deseo de acercar la Iglesia a los más necesitados, en sintonía con los llamamientos a una supuesta “renovación conciliar”. Por otro lado, los prelados y fieles de orientación tradicional consideraron el acto como una desvalorización de los símbolos de autoridad del papado y de la misión de la Iglesia de proclamar su realeza espiritual.

Estos últimos no dejaban de tener la razón. La tiara papal, aunque algunos la ven como un mero adorno, encierra un profundo significado teológico e histórico. Su triple corona, introducida progresivamente a lo largo de los siglos, simboliza las funciones supremas del Papa como sacerdote, rey espiritual y pastor universal. La renuncia a este símbolo ha debilitado la percepción de la autoridad papal entre millones de católicos y frente a los poderes terrenos.

Para comprender la gravedad de esta renuncia, es importante explorar los orígenes de la tiara, su desarrollo y el significado espiritual que encierra, así como refutar los argumentos teológicos que subyacen en la decisión de Paulo VI.

Origen y perfeccionamiento de la tiara

Pío II llega a Ancona para iniciar la cruzada, Pinturicchio, c. 1502-07. Pintura al fresco, Biblioteca de la catedral de Siena

La tiara papal se remonta a los primeros siglos del cristianismo. Inicialmente era un simple gorro que llevaba el Papa durante las ceremonias litúrgicas. Con el tiempo, especialmente en la Edad Media, fue enriquecida para reflejar la creciente importancia del papado como autoridad espiritual y temporal.

La triple corona de la tiara, consolidada a partir del siglo XIV, simboliza:

1. La realeza espiritual del Papa como Vicario de Cristo, representante del Reino de Dios en la tierra.

2. Su autoridad doctrinaria como maestro supremo de la fe y sucesor de san Pedro.

3. Su papel de pastor universal, responsable del gobierno de la Iglesia en todo el mundo.

Este ornamento no es solamente una insignia de poder, sino un recordatorio visual de la misión del Papa: como Vicario de Jesucristo en la tierra, para servir, proteger y dirigir la Iglesia que Él fundó y dejó como prolongación de su acción redentora.

Teología de la realeza espiritual del Papa

La doctrina católica reconoce al Papa como sucesor de san Pedro, a quien Cristo confió las llaves del Reino de los Cielos (Mt 16, 19). Esta autoridad no es una gloria terrena, sino un servicio a la Iglesia y al Evangelio. La tiara, por tanto, no es un símbolo mundano de opulencia, sino un signo religioso de una autoridad de origen sobrenatural y de responsabilidad en la conducción del rebaño de Cristo.

San Gregorio Magno (590-604), al describir al Papa como servus servorum Dei (siervo de los siervos de Dios), dio al oficio pontificio su carácter esencial de humildad y servicio. Sin embargo, el propio san Gregorio, al igual que otros pontífices, reconoció la necesidad de los ornamentos externos para reforzar la autoridad espiritual y mantener la unidad de la Iglesia.

La Iglesia siempre se ha servido de los símbolos para comunicar verdades profundas. Renunciar a estos signos puede llevar a confusión, puesto que el mundo contemporáneo interpreta frecuentemente la sencillez como sinónimo de “camaradería” y falta de autoridad.

El gesto de Paulo VI en el contexto del Vaticano II

Pablo VI tomó esa decisión en un momento de profundos cambios en la Iglesia, marcado por el Concilio Vaticano II. El gesto del Papa pretendía resaltar la misión de la Iglesia como servidora de la humanidad, especialmente de los pobres y marginados, y realzar el carácter espiritual del ministerio petrino. Pero no tuvo en cuenta que eso representaba un debilitamiento de la dignidad papal y una ruptura con la tradición.

S. S. Juan XXIII

Además, el abandono de la tiara no dejaba de tener un cariz demagógico, en una década en la que desaparecieron los viejos cánones de vestimenta e irrumpieron nuevas modas al estilo desaliñado de los hippies. Con su gesto, Paulo VI dio a entender que la Iglesia estaba tratando de adaptarse a las tendencias revolucionarias del mundo moderno.

En el plano geopolítico, la renuncia a la tiara preparó el camino para lo que Paulo VI afirmó en su discurso ante la Asamblea General de la ONU el 4 de octubre de 1965, durante el cual, invirtiendo los papeles, puso el papado al servicio de esa organización y de los jefes de Estado y de gobierno allí presentes:

“Quien os habla es un hombre como vosotros; es vuestro hermano, y hasta uno de los más pequeños de entre vosotros, que representáis Estados soberanos, puesto que solo está investido —si os place, considerarnos desde ese punto de vista— de una soberanía temporal minúscula y casi simbólica, el mínimo necesario para estar en libertad de ejercer su misión espiritual y asegurar a quienes tratan con él, que es independiente de toda soberanía de este mundo. No tiene ningún poder temporal, ninguna ambición de entrar en competencia con vosotros. De hecho, no tenemos nada que pedir, ninguna cuestión que plantear; a lo sumo, un deseo que formular, un permiso que solicitar: el de poder serviros en lo que esté a nuestro alcance, con desinterés, humildad y amor”.*

Después de afirmar que la ONU representaba, en el orden temporal, lo que la Iglesia quiere ser en el orden espiritual —“única y universal”—, Paulo VI la glorificó aún más, diciendo que ella era una gran escuela donde se enseñaba la paz a los hombres, sin mencionar ni una sola vez a Nuestro Señor Jesucristo, única fuente verdadera de la paz con Dios y entre los hombres.

Sencillez y autoridad: una falsa alternativa

El debate entre sencillez y autoridad, ilustrado por la discusión de los catequistas mencionados, parte de un planteamiento errado, porque las virtudes son complementarias y no contradictorias. La humildad y la pobreza son virtudes centrales de la fe cristiana: Nuestro Señor nació en un pesebre y murió en una cruz. Sin embargo, al mismo tiempo, no dudó en afirmar su realeza y su autoridad divina ante Pilatos y los fariseos.

La Iglesia, como Cuerpo de Cristo, debe reflejar ambas realidades: la humildad del siervo y la majestad del rey. Renunciar a símbolos como la tiara puede dar la impresión de que la Iglesia se despoja no solo de ornamentos, sino también de su autoridad moral y espiritual.

Los sacramentos y la liturgia demuestran esta dualidad. Incluso en las celebraciones más sencillas, el uso de paramentos y ritos específicos comunica el carácter sagrado del misterio que se celebra. Del mismo modo, la tiara papal permanecía como un signo visible de la dignidad y de la misión del Papa.

Reflexión final: preservar los símbolos sin perder su esencia

S. S. Paulo VI

Al igual que el abandono del Palacio Apostólico como residencia y el traslado del Papa Francisco a la Casa Santa Marta, el despojo por parte de Paulo VI de la tiara y de la silla gestatoria supuso un desdoro de la autoridad papal precisamente cuando más necesitaba reafirmarse.

La caridad y la sencillez son virtudes esenciales, pero deben equilibrarse con la necesidad de comunicar la realeza espiritual de Cristo, que el Papa representa en la tierra. Es verdad que su autoridad no reside en los ornamentos, sino en el mandato dado por Jesucristo. Sin embargo, estos símbolos ayudan a visibilizar esta autoridad a los ojos del mundo.

Es perfectamente factible preservar la esencia espiritual del papado y, al mismo tiempo, mantener el uso prudente de signos externos que eduquen a los fieles y den testimonio de la majestad del Reino de Dios. Al fin y al cabo, la Iglesia no debe olvidar que si bien sirve a los pobres y humildes, también proclama la soberanía de Cristo sobre todas las naciones.

Los símbolos que expresan las verdades de la fe, lejos de ser signos de arrogancia, son instrumentos para recordar a los fieles y al mundo la misión de la Iglesia.

 

* Discurso del Papa Paulo VI en la Sede de la ONU, 4 de octubre de 1965 in https://www.vatican.va/content/paul-vi/es/speeches/1965/documents/hf_p-vi_spe_19651004_united-nations.html.

San Ricardo de Wych Esplendor de la concepción jerárquica y cristiana de la vida - I
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