Plinio Corrêa de Oliveira
Fabulosa, así califico a esta capilla del castillo de Karlštejn, a 30 kilómetros de la ciudad de Praga, construida en 1348 por Carlos IV, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y rey de la antigua Bohemia. Posee un estilo que aprecio enormemente, un recinto social y también sala de armas, con apariencia de capilla. En ella se puede entonar perfectamente el canto llano y rezar el oficio. Si aquí se tocara un órgano, quedaría muy bien. Trompetas, campanas…
La unión de gravedad con ornato está perfectamente lograda. Las piedras de los muros no son talladas, por lo que adquieren un aire primitivo, que recuerda las invasiones bárbaras. Comparando lo que se aprecia en esta maravilla con otras obras sumamente admirables, las demás palidecen. Por ejemplo, la Escuela Española de Equitación de Viena, con su arte de transformar caballos en bibelots. Todo aquello que tiende a ser como bibelot queda superado por esto.
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Castillo de Karlštejn
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Tres filas de cuadros muestran sucesivamente santos, obispos y, en la última fila, guerreros o emperadores con sus escudos. Los personajes de los cuadros parecen fijados en algo aún más elevado, en la propia fábula, viviendo en un cielo por encima de este ambiente. Es decir, siendo amados por Dios, fijados para toda la eternidad en el resplandor de la historia, admirados por los hombres y en la bienaventuranza frente a Dios.
Hombres que hubiesen tenido un espíritu consonante con el de esta capilla jamás habrían contemporizado con el protestantismo ni se habrían dejado aplastar por la Revolución Francesa. ¡Jamás! 
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