Salvador Viniegra, 1887, Museo de Málaga La procesión se ha detenido. El aire es fresco, la atmósfera luminosa, el ambiente diáfano. Son de las primeras horas de esta mañana de primavera. El cielo es aún pálido, casi blanco. Sobre el verde prado despuntan prematuras hierbecillas. Cortando el silencio de los campos, se alza pausada la carrasposa voz del viejo sacerdote: —Señor, Padre santo, que mandaste al hombre que guardara y cultivara la tierra, te suplicamos que nos concedas siempre cosechas abundantes, des fertilidad a nuestros sembrados y, alejando de nuestros campos las tormentas y el granizo, las semillas puedan germinar con abundancia, por Jesucristo Nuestro Señor. Todos al unísono, responden: —¡Amén! Con el hisopo asperge los campos en las cuatro direcciones de los puntos cardinales. En torno a la Virgen, que domina la planicie bajo el palio de su rico pedestal de plata, su trono, se congrega todo el pueblo. Lucen sus mejores galas, a la goyesca, con pañuelos anudados sobre la cabeza o redecillas. La ceremonia se reviste de la máxima solemnidad: han sacado los estandartes y pendones de las cofradías, se portan faroles, dos monaguillos voltean sus turíbulos con brío exhalando nubes blancas de incienso que se deshilachan en la atmósfera. Frente al sacerdote, cerrando el círculo que se ha formado para la ceremonia, la cruz procesional de guía, ladeada por dos acólitos revestidos con lujosas dalmáticas. A uno le vemos agachado intentando encender el cirio en una de las linternas, apagado por la suave brisa de la mañana. Todo transcurre con la naturalidad de la vida del campo, sin perder nada de su solemnidad. El silencio respetuoso de los campesinos, el gesto ritual del sacerdote, la actitud devota de los personajes revela una atmósfera especial, en donde lo humano y lo divino confluyen. La tierra, la fe y el esfuerzo humano se entrelazan. En los corazones, la esperanza de una buena cosecha, que se vean libres de las tormentas, del granizo o las heladas. Súplica silenciosa y vehemente. Y en consonancia, como buenos labriegos, la mirada puesta en el cielo, siempre en el cielo.
|
Santuario universal por las almas del Purgatorio |
|
Sor Ana de los Ángeles Monteagudo La admirable virgen dominica Ana de los Ángeles Monteagudo nació en la muy noble y muy leal y fidelísima ciudad de Arequipa el 26 de julio de 1602... |
|
Actos sacrílegos y blasfemos apremian la necesidad de reparación Estupor, indignación y ánimo de reparación. Es lo que siente un católico al tomar conocimiento del sacrílego atentado perpetrado el 18 de abril pasado contra la imagen de la Santísima Virgen del Carmen, que fuera coronada canónicamente en 1926 como Reina y Patrona de Chile, en nombre del Papa Pío XI... |
|
San Edmundo Campion Edmundo nació en Londres el 24 de enero de 1540. Su padre, “un librero muy honesto”, lo educó piadosamente en la religión católica... |
|
El hurto por hambre no es lícito El sétimo mandamiento («no robarás») siempre fue motivo de peligrosas diluciones que se apartaban de la recta interpretación, motivo por el cual los Papas tuvieron que intervenir censurándolas, como lo hizo el Beato Inocencio XI con los tres errores que a continuación enuncia y condena... |
|
Necesidad de resistir a las pequeñas tentaciones Aunque es cierto que hemos de combatir las grandes tentaciones con un valor invencible, y que la victoria que reportemos sobre ellas será para nosotros de mucha utilidad, con todo no es aventurado afirmar que sacamos más provecho de combatir bien contra las tentaciones leves; porque así como las grandes exceden en calidad, las pequeñas exceden desmesuradamente en número, de tal forma que el triunfo sobre ellas puede compararse con la victoria sobre las mayores... |
Promovido por la Asociación Santo Tomás de Aquino