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Gabriel J. Wilson
Al visitar el valle del río Dordoña, en el centro-sur de Francia, me deparé con esta escena insólita: un educado representante de la raza canina en la ventana de una linda casa, con tal aire de superioridad que parecía ser el dueño… Ahora bien, esa casa perteneció al antiguo batteur de la monnaie, o sea, el equivalente a la Casa de la Moneda en nuestros días. La escena me intrigó. ¿Cómo puede un animal portarse casi como un ser humano? Tal vez me equivoque, pero para que un feroz boxer tome esa actitud solo puede haber sido por una esmerada educación. Y esa educación llegó al punto de que el animal manifieste hasta cierto aire de señorío. ¿Estará así imitando a su dueño o dueña?
Probablemente jamás lo sabremos. Pero nos queda la lección: en los tristes días en que vivimos, cuán pocos seres humanos reciben una verdadera educación para la vida. Cuántos se rebajan hasta donde a veces no lo permite ni siquiera el instinto de los animales. La dejadez, el desorden, el espíritu revolucionario degradan a las personas que poseen un alma inmortal ¡y que serán juzgadas por Dios al final de esta vida! Si la tarea de la educación es de las más nobles y meritorias, por eso mismo debería constituir la mayor preocupación, no apenas de todos los padres, madres y educadores, sino también de todos los gobernantes. Lamentablemente no es lo que ocurre en nuestros días.
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