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Sin duda fue chocante e indignante la noticia sobre la proyectada legalización de la matanza de recién nacidos enfermos en Holanda. La introducción de la eutanasia para neonatos está abriendo una fase completamente nueva en la lucha por el derecho a la vida. Mathias von Gersdorff
A partir de ahora será posible matar a los recién nacidos, evidentemente sin su anuencia. La matanza de neonatos no es ninguna invención de los tiempos modernos. Ya era practicada entre los pueblos paganos, y aún se la practica entre algunos indígenas del Brasil y Bolivia. Solamente con el advenimiento del cristianismo es que hubo un cambio de conciencia y cesó esta práctica tan inhumana, injusta y cruel como el aborto. Así, la introducción legal de la eutanasia para recién nacidos evidencia no apenas la decreciente influencia que el cristianismo ejerce en nuestros días, sino también hacia dónde se dirige nuestra sociedad en razón de la desaparición de la influencia cristiana. Ella está regresando, en su decadencia, a la barbarie y al paganismo. Esa noticia, por más aterradora que sea, no surgió de modo inesperado. Como ya fue ampliamente descrito, el diagnóstico prenatal (DPN) —es decir, la investigación médica de la criatura en el útero materno— calcula la posibilidad de que se produzcan enfermedades genéticas u otras cualesquiera en el niño por nacer. En la práctica, se trata de verificar principalmente si existe en el feto la ocurrencia de trisonomía 13, 18 ó 21 (síndrome de Down o mongolismo), por lo tanto las derivaciones genéticas más frecuentes. Cerca del 90% de los niños con el síndrome de Down son abortados después de tales controles médicos. En general el crimen del aborto es la perspectiva más inminente en un diagnóstico prenatal, una vez que apenas en una parte cada vez menor de los casos es posible hacer operaciones o emplear terapias efectivas. Así, normalmente, el objetivo buscado por el diagnóstico prenatal y por las pruebas genéticas es claramente la selección de niños con defectos físicos. Es importante saber que los diferentes procesos de diagnósticos prenatales (DPN) sólo pueden proporcionar una probabilidad sobre la existencia de enfermedades y de ningún modo una certeza absoluta. De ese modo son asesinados hasta niños sanos (y enfermos sobreviven). Puesto que muchos de estos abortos son tardíamente realizados —siendo por ello llamados abortos tardíos—, hay quienes apuntan pura y simplemente al infanticidio: “De hecho sería mejor dejar que la criatura viniese al mundo de modo natural para entonces matarla, si ella estuviera realmente enferma. En ese caso se tendría la absoluta seguridad sobre el estado de su salud y los médicos evitarían el riesgo de ser imputados”.
Del aborto a la eutanasia de recién nacidos En Alemania, por ocasión de la revisión del artículo 218 del Código Penal —que trata de la penalidad aplicable a una mujer que practique el aborto— al comienzo de los años 90, bajo el nombre de “indicación embriopática”, fue introducida en la legislación a respecto del aborto la “indicación eugenésica” (§ 218a del Código Penal), que desembocó después en la indicación “terapéutica” ampliada. Esta indicación terapéutica permite abortos hasta poco antes del nacimiento en caso de que haya peligro para la salud de la madre, aunque esto último sea mera teoría. En la práctica, el simple riesgo de que nazca una criatura seriamente defectuosa (las pruebas genéticas y el diagnóstico prenatal no dan una seguridad del 100%) ya es considerado como un peso psíquico de tal manera grande para la madre, que no se le puede impedir abortar. Esto, a su vez, es el presupuesto legal que alimenta el gran desarrollo del diagnóstico prenatal y de las pruebas genéticas. La medicina prenatal es hoy en día un segmento económico con fuerte crecimiento. ¡A ese punto hemos llegado! Estas consideraciones no son nuevas. Iberto Giubilini y Francesca Minerva, dos académicos que ejercen sus actividades en Melbourne (Australia), argumentan en la revista especializada de medicina Journal of Medical Ethics que del punto de vista lógico debería ser permitido matar a recién nacidos cuyo estado de salud corporal o mental justificase un aborto del punto de vista legal. Es un reconocimiento de que aborto e infanticidio son equivalentes. Esta colaboración científica de ambos en el Journal of Medical Ethics sobre la valoración moral del asesinato de niños, tal como se hace con el feto en el aborto, provocó una onda de indignación en el mundo entero. Los autores colocan en el mismo nivel el “status” moral del asesinato de un recién nacido y el de un feto. A ambos —al feto y al recién nacido— les faltarían, según Giubilini y Minerva, las capacidades que justifican el reconocimiento de un derecho a la vida. Nuestra preocupación no debe restringirse a la situación en Holanda, pues en Alemania ya fueron también establecidas las condiciones previas para la práctica de la eutanasia en recién nacidos…
También en Alemania se va a formular la pregunta: ¿Para qué hacer pruebas carísimas y extremamente estresantes para la futura madre? Si el niño puede ser muerto un minuto antes de su nacimiento natural, ¿por qué entonces no podría serlo algunos minutos después del nacimiento, cuando se puede constatar claramente su estado de salud? Aquí queda evidente una cosa: la legalización del aborto representó el rompimiento de un dique que nos conduce de una catástrofe moral a otra. Las soluciones de compromiso no consiguen interrumpir este proceso. A propósito de la vida es necesario mantener lo que el cristianismo enseñó desde el comienzo: ¡No es posible hacer compromisos! La completa prohibición del
aborto debe continuar siendo el objetivo de la lucha en pro del derecho a la
vida.
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San Francisco de Borja “Sic transit gloria mundi” |
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