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Plinio Corrêa de Oliveira Imaginemos un vitral en forma circular, o sea, un rosetón. Un mundo de colores diferentes. Dentro del conjunto de colores, se podría hacer un paseo: ora “entrar” en el cielo color de añil, ora en el dorado absoluto, después en el verde total o en el rojo más encarnado. Los ojos “entran” en varios pedacitos de cielo, miran aquí, allá y acullá.
En determinado momento, surge la mayor alegría: la visión del conjunto. Al cabo de cierto tiempo, ya no soy yo el que está mirando al rosetón, sino es él que está como que mirando hacia mí. Una inmensa mirada de “alguien” que contiene todos los estados de espíritu correlativos con aquellos colores diversos y que en su conjunto me analiza. Analiza en tal o cual aspecto de mi psicología, pero a mí como un todo, compuesto de proporciones desiguales e irrepetibles. Nunca hubo antes, ni habrá después, un otro igual a cada uno de nosotros. Si yo miro a mi alrededor y veo a otras personas contemplando también el vitral, noto cómo son diferentes de mí y para cada una de ellas el vitral expresa cosas diferentes. Percibo la variedad inagotable de interpretaciones que el alma humana, mirando el rosetón, puede establecer, al punto de sentirse comprendida por él. Me gusta mucho ver fotografías de vitrales medievales. Aquellos que retratan aspectos aislados de ellos no dan, en mi opinión, lo mejor del vitral. Lo mejor es cuando el rosetón entero proyecta su luz hacia nosotros. ¿Por qué? A causa de la propia naturaleza del alma humana. Somos tales que podemos tener lindos aspectos de alma. Sin embargo, lo más bello no es ninguno de ellos. Lo más bonito es contemplar el alma humana en cuanto criatura en que Dios va formando, con variados aspectos, una imagen de Él dentro de la colección casi incontable de los hombres. Desde el primer hombre hasta el último, cada uno ocupa un lugar sin el cual la colección quedaría incompleta. Como un vitral que recibió una pedrada y en ese punto deja un orificio. Así, analizando a cada
hombre en su conjunto, notamos una porción de elementos individualmente lindos;
pero lo más bello es, si cada uno se santificara, observar en el todo la
plenitud de su personalidad.
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San Francisco de Borja “Sic transit gloria mundi” |
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