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Un negro de Guinea, ajeno de toda instrucción en el arte de pintar, dirigida su mano de superior impulso, en el enlucido de polvo y estiércol de una antigua pared, pintó la soberana imagen de Cristo crucificado, y las de su Santa Madre dolorosa, y penitente Magdalena arrodillada al pie de la cruz. Cuanto aquella salió excelente y acabada en los primores del arte, tanto más carecían las otras de esa perfección. La pared que sirvió de tabla a la pintura, era de los corrales de la casa huerta de Diego Teves Manrique, confinante con la cofradía de negros angolas y otras castas, que había en el valle llamado vulgarmente Pachacamilla, cerca de la puerta occidental por donde se sale al camino del Callao. A los cinco años poco más o menos, acaeció en Lima el espantoso terremoto del 13 de noviembre de 1655, como a las dos de la tarde. Regía este virreinato el Excmo. Sr. D. Luis Enríquez de Guzmán, conde de Alba de Liste, y esta Santa Iglesia Metropolitana el Ilmo. Sr. D. Pedro de Villagómez. En aquellos tiempos se tuvo por fama pública, que instado Nuestro Señor de las torpezas y graves desacatos que cometían los negros delante de su imagen, en bailes y otros entretenimientos de sus bárbaras costumbres, arruinó enteramente con aquel temblor las casas, corrales y todas las paredes de la cofradía, dejando solamente indemne el trozo de la que contenía la divina imagen, aunque carecía de cimientos, y estaba sobremanera pasada de salitre y humedades de una acequia que inmediata corría a su mismo pie.
En esta forma duró 16 años, expuesta y olvidada entre las ruinas, sin que los soles del estío ni las lluvias del invierno hubiesen disformado en tanto tiempo su primitiva belleza. Advirtió pues casualmente Andrés de León en el divino simulacro, y movido de religiosa piedad, se empeñó en darle algún culto bajo de una pobre ramada que le hizo de pedazos de mangles y esteras, poniéndole flores y velas sobre una pequeña peana que fabricó de adobes. Fue creciendo el fervor de los asistentes, y entablaron llevar los viernes por la noche músicos que cantaban el miserere y algunas lamentaciones. Aumentose el concurso y aun el desorden de las gentes de ambos sexos que ya pasaba, con pretexto de devoción, a escándalo. Tuvo noticia el cura de la parroquia de San Marcelo, D. José Laureano de Mena (a cuyo territorio pertenece el sitio), de las juntas y congregaciones nocturnas que allí se hacían, y de la suma irreverencia con que se mantenía la Sagrada Imagen. Inflamado pues, de religioso celo este cura, por fines de agosto o principio de setiembre de 1671 dio parte al virrey, que entonces era el Excmo. Sr. D. Pedro Fernández de Castro y Andrade, conde de Lemos, y al Sr. D. Esteban Ybarra, provisor y vicario general, por sede vacante del Ilmo. Sr. Villagómez, para que la mandase borrar. En efecto, por el juez eclesiástico se despachó auto ante Tomás Paredes, notario público, mandando se borrase por justas causas del servicio de Nuestro Señor. Pasó luego el promotor fiscal a ejecutar la orden con un notario y pintor, auxiliado por D. Pedro Balcázar, capitán de la guardia del virrey, y de dos escuadras de soldados que pudiesen contener y allanar cualquier resistencia que intentasen las gentes de aquel barrio. Arrimó el pintor la escalera a vista de mucho concurso que congregó la novedad, y subiendo por ella a pocos pasos, sintió un gran temblor de cuerpo que le hizo caer desmayado en tierra: atribuyose a debilidad de ánimo y no a disposición divina, y ayudándole otros a trepar nuevamente la escalera, al querer borrar la divina imagen le quedó sin acción el brazo. Mandó el promotor fiscal a otro hombre que subiese a la ejecución, y le sucedió lo mismo: en fin, subió el tercero, y luego exclamó: que se ponía la imagen más bella, y admiraba verle la corona. Eran las cuatro o cinco de la tarde; y estando el cielo sereno con sol hermoso y claro, súbitamente se oscureció el lugar como si allí fuera de noche, y comenzó a llover un grande aguacero: todos confesaron a voces que con tan repetidas maravillas era clara la voluntad de Nuestro Señor que no se borrase su sacratísima imagen, y permaneciese en aquel sitio. Los ministros ejecutores certificaron lo que pasaba al virrey y provisor, y por acuerdo de ambos se mandó que no se borrase, y allí mismo le diesen la debida veneración.
Compendio histórico de la prodigiosa imagen del Santo Cristo de los Milagros, Monasterio de las Nazarenas, Lima, 1868.
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