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PREGUNTA Tengo dos hijos que estudian en un colegio católico. Para celebrar Halloween, el colegio está organizando varias actividades, como charlas en las clases de inglés, sesiones de cine, competencias de Halloween y concursos de disfraces. En las instrucciones para los padres de familia, todo gira alrededor de monstruos, brujas y juegos de terror. Le pregunté a una profesora si eso era compatible con el carácter católico de la escuela. Me respondió que en su origen se trataba de la fiesta de Todos los Santos y que, por lo tanto, no veía ningún problema. Y que, además, las cosas se hacían en tono de broma. Pero a mí no me parece nada divertido tener que disfrazar a mi hija de bruja y a mi hijo de Drácula. ¿Qué me aconseja hacer? Una madre preocupada. RESPUESTA
Es muy lamentable que se haya generalizando en muchos países la moda de festejar el Halloween. Y lo curioso es que, cuando era una fiesta católica tradicional del mundo inglés y norteamericano, nadie tenía interés en importarla a nuestras tierras; pero después de que tomó una connotación completamente pagana y casi satánica, se ejerce una enorme presión en los medios de comunicación y en el ámbito escolar para que sea celebrada también entre nosotros. Para quienes aún no lo saben, Halloween era antiguamente una fiesta muy tradicional en Irlanda, el Reino Unido y los Estados Unidos, conmemorada el día 31 de octubre, es decir, en la víspera del día en que la Iglesia Católica celebra la fiesta de Todos los Santos. Hasta finales de la década de 1960, más o menos, en ese día los niños se colocaban máscaras y vestían disfraces folclóricos, con una nota rústica y misteriosa, que evocaba vagamente el ambiente rural de la Edad Media. Se formaban grupos de niños que, acompañados de un adulto, desfilaban por las casas para mostrar sus disfraces y pedir golosinas, con la frase “trick or treat”, o sea, traducido libremente, “¡o nos das un dulce o haremos una travesura!”. Paralelamente al crecimiento de la corriente New Age, ya en la década de 1970, la fiesta comenzó a cambiar drásticamente de colorido. Como en las zonas rurales de esos países era costumbre, después de la cosecha (que corresponde al mes de octubre en el Hemisferio Norte), colocar calabazas vaciadas e iluminadas por dentro con una vela, con el rostro de un ahorcado mitológico (Jack O’Lantern), eso sirvió de pretexto para ir dando paulatinamente un aspecto macabro a la fiesta de Halloween, llenando las casas de esqueletos y monstruos, además de vestir a los niños con disfraces aterradores. Y, naturalmente, se dio una explicación completamente falsa sobre el origen de la celebración, diciendo que se trataba de un festival pagano de los pueblos celtas que había sido recuperado por la Iglesia. El verdadero origen de Halloween: la celebración de Todos los Santos
Basta con fijarse en el nombre de la celebración para refutar esa pretendida raíz pagana. Halloween es la contracción de All Hallows Eve, es decir, “Víspera de Todos los Santos”, en inglés arcaico. Esta festividad litúrgica fue instituida por la Iglesia Católica para honrar a todos los santos, conocidos y desconocidos, y según el Papa Urbano IV, para suplir cualquier deficiencia en la celebración de las fiestas de los santos por parte de los fieles durante el año. Como es manifiesto, desde los albores del cristianismo los fieles solían celebrar el aniversario de la muerte de un mártir en el lugar del martirio y, a partir del siglo IV, era incluso costumbre invitar a los fieles de las diócesis vecinas a participar en una fiesta común. Sin embargo, como durante la persecución de Diocleciano el número de mártires se volvió tan grande que no era posible asignar un día separado para cada uno, la Iglesia estableció un día común para todos. Se encuentran vestigios de esa tradición en un sermón de san Efrén, el Sirio (373), y en una homilía de san Juan Crisóstomo (407). En el siglo VIII, el Papa Gregorio III (731-741) consagró una capilla en la Basílica de San Pedro a todos los santos y fue él quien fijó la festividad para el día primero de noviembre. Algunas décadas más tarde, Gregorio IV (827-844) extendió dicha celebración a toda la Iglesia. Ahora bien, siguiendo la costumbre judía, las fiestas de la Iglesia comienzan en la vigilia, es decir, en la víspera del día anterior. De ahí la razón por la cual en el mundo anglosajón se celebraba All Hallows Eve, esto es, las Vísperas de la fiesta de Todos los Santos. Suposiciones arbitrarias para disfrazar una raíz pagana Para justificar la deformación de la fiesta, fue necesario distorsionar su origen. Historiadores modernos muy superficiales inventaron que se trataba de un “reciclaje”, atribuido a la Iglesia, de un festival pagano oriundo de los celtas, en las Islas Británicas, conocido como Samhain y supuestamente dedicado a celebrar a los muertos y la transición del verano al invierno. En ese cambio de estación, la barrera entre el mundo de los vivos y el de los muertos dejaría de existir, y los vivos llenarían las aldeas con hogueras para que los muertos del último año encontraran el camino hacia su destino final. Halloween habría resultado, según esa falsa historiografía contemporánea, de una fusión en Irlanda, en Gales y en Escocia del festival celta Samhain con la fiesta de Todos los Santos. Dicha fusión se habría popularizado aún más hacia mediados del siglo XIX, cuando se produjo una gran migración de irlandeses hacia esos lugares.
Esa invención se basa en varias suposiciones completamente falsas. La primera es que existiera una gran religión pagana que tuviera una fiesta común a todos los celtas el día primero de noviembre. Eso supondría que todos los pueblos célticos —incluyendo, por tanto, a los bretones de Francia, a los gallegos de España e incluso a los antiguos gálatas a quienes predicó san Pablo en lo que hoy es Turquía— fueran un pueblo cohesionado, con una cultura, una religión y un calendario litúrgico común, en el cual todos celebraran esa fiesta en la misma fecha. Ahora bien, es mera fantasía tratar a todos esos pueblos como un grupo monolítico, cuando en realidad se trataba de un conjunto lingüístico originario de Asia Central que se propagó, formando islas, en un área enorme. Por lo demás, ni siquiera se sabe con certeza cuál era su religión: Julio César, que estudió y escribió acerca de los galos, afirmó que sus sacerdotes —los druidas— no ponían nada por escrito y que la tradición era puramente oral. Según él, uno de los principales dogmas era que las almas no se extinguen, sino que pasan de un cuerpo a otro tras la muerte. No tendría sentido, entonces, un festival de los muertos, puesto que ellos continúan vivos en otros. No hay nada que se asemeje al Halloween antes del cristianismo
El supuesto festival de Samhain parece haber existido únicamente en Irlanda, sin ninguna indicación de significado religioso o sobrenatural. Era un festival de la cosecha en una sociedad agraria. No hay nada que se asemeje al Halloween antes del cristianismo, ni en las fuentes irlandesas ni en el material galés o escocés primitivo. Resulta inverosímil la hipótesis de que el calendario de la Iglesia universal hubiera sido alterado para responder a una tradición existente únicamente en una isla apartada de Roma, como Irlanda. Otra falacia es que esa festividad hubiera tenido lugar el 1 de noviembre. El único calendario celta precristiano que existe no menciona un Año Nuevo celta en esa fecha. Es un calendario de Francia, no de Irlanda, y marca el inicio del año en el solsticio de invierno, es decir, el 21 de diciembre. Por último, la conexión de Halloween con los muertos realmente existe. Sin embargo, esto no proviene del Samhain, sino de la fiesta litúrgica católica de Todos los Difuntos, que comenzó a celebrarse hacia el año 998 en la Abadía de Cluny y en sus filiales, cuando san Odón era abad. Además, esa celebración de los muertos no tiene lugar el 31 de octubre (fecha de Halloween), sino el 2 de noviembre, cuando se pide por las almas que se encuentran en el Purgatorio. En cualquier caso, esa preocupación por los difuntos no provino de ninguna fuente pagana, sino directamente del catolicismo y, en particular, de la orden cluniacense. Necesidad de fortalecer la fundamentación religiosa y la cultura católica Si el Halloween no fue, en su origen y durante muchos siglos, un festival pagano, sino una fiesta litúrgica cristiana, y posteriormente fue deformada con elementos macabros neopaganos, ¿cómo deben comportarse hoy los católicos ante este fenómeno? Pienso que no existe una receta única, porque depende del lugar y del grado de deformación que la festividad haya sufrido. Una cosa es en los países anglosajones, donde era una fiesta tradicional que aún conserva resonancias del pasado y despierta nostalgia en quienes la vivieron en su período auténtico. Otra cosa es aquí en Sudamérica, donde nunca se celebró en el pasado y solo más recientemente está siendo importada, sin ninguna referencia a la Vigilia de la fiesta católica de Todos los Santos, sino que, por el contrario, ha pasado a ser conocida como la Fiesta de las Brujas.
Si en los países anglosajones es preciso luchar para restablecer las antiguas costumbres llenas de inocencia y eliminar los aspectos lúgubres de las fiestas actuales, aquí es necesario hacer campaña de silencio para que esa festividad neopagana no se instale. Y, donde ya penetró, hacer oposición mostrando que no tiene ninguna conexión con nuestro pasado ni con nuestras tradiciones y que, sobre todo, introduce elementos altamente deformantes en el alma de nuestros niños, además del peligro supremo de atraer hacia lo oculto y lo satánico. Lo que sí se puede hacer, tanto en los países anglosajones como entre nosotros, es fortalecer la catequesis para que sean más conocidas las verdades de la fe implicadas en las fiestas de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, así como aumentar en los católicos la devoción por las almas del Purgatorio, puesto que ambas festividades se encuentran al inicio del mes que les está consagrado. En particular, conviene recordar que en el día de los Fieles Difuntos y en la octava que le sigue es posible ganar cada día una indulgencia plenaria en favor de nuestros seres queridos fallecidos visitando un cementerio y cumpliendo los demás requisitos habituales, es decir, confesarse, comulgar y rezar por las intenciones del Sumo Pontífice. En otras palabras, lo que necesitamos hacer es fortalecer la fundamentación religiosa de lo que aún resta de la otrora saludable cultura católica y, si no queda mucho, al menos dar nuestra respuesta personal generosa, como católicos, a lo que la Iglesia nos propone como práctica espiritual en esta época del año. En este caso, tomar muy en serio la obligación de rezar por las almas de los difuntos, conscientes de que ellos son impotentes, ya que no pueden practicar buenas obras para mitigar la pena temporal debida por sus pecados. No descuidemos esta oportunidad de ayudar a nuestros seres queridos, y también a los difuntos olvidados por quienes nadie reza. Vive tal como quieres que Dios te encuentre en la hora de la muerte
Otro beneficio que se obtiene es la conciencia de la fragilidad de la vida y la necesidad de estar preparado para morir. Como lo señala el pequeño libro Imitación de Cristo: “Bienaventurado el que tiene siempre la hora de la muerte delante de sus ojos y se dispone cada día a morir. Si has visto alguna vez morir un hombre, piensa que por aquella carrera has de pasar. “Cuando fuere de mañana, piensa que no llegarás a la noche, no te atrevas a prometer ver la mañana. Por eso está siempre prevenido, y vive de tal manera, que nunca te halle la muerte desapercibido. Muchos mueren de repente: porque en la hora que no se piensa vendrá el Hijo del hombre (Lc 12, 40). Cuando viniere aquella hora postrera, de otra suerte comenzarás a sentir de toda tu vida pasada, y te dolerás mucho de haber sido tan negligente y perezoso. “¡Qué bienaventurado y prudente es el que vive de tal modo, cual desea le halle Dios en la hora de la muerte!” (c. XXIII).
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