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Plinio Corrêa de Oliveira
Como es sabido, Louis Veuillot era plebeyo, en el mejor y más radical sentido de la palabra. Sus padres eran de una extracción social muy humilde, y Veuillot tuvo la elevación de espíritu y el buen gusto de no ocultar jamás este hecho. En cierta ocasión, el gran escritor francés afirmó que la Revolución no solo quiso destruir a la nobleza y al clero, sino también al pueblo. En efecto, las mentalidades moldeadas al estilo de 1789, aunque proclaman la dignidad de la condición plebeya, en realidad se avergüenzan de ella, tratando de ocultar por todos los medios aquello que pueda recordar que la plebe existe y tiene su lugar a la luz del sol. De ahí nace el deseo, que el espíritu revolucionario procura insuflar en la masa, de ostentar en cuanto sea posible un aspecto burgués. De ahí un “lujo” ruinoso, de baratijas vistosas, tantas veces sin gusto ni durabilidad, devastando las economías de los obreros en exclusivo provecho de los fabricantes de tales inutilidades. Deben existir diferencias de clases, por el propio e inmutable orden natural de las cosas, conforme lo enseñan los Papas. Y así, en cualquier sociedad debe haber ricos y pobres, familias ilustres y familias modestas, intelectuales y trabajadores manuales. Ahora bien, todavía por el propio orden natural de las cosas, las élites deben ser menos numerosas que el pueblo. En consecuencia, la condición popular es la de la mayoría del género humano. Y esta condición no puede ser ni de penuria, ni de angustia, ni de vergüenza. Pues, de lo contrario, deberíamos pensar que Dios creó para la vergüenza, la angustia y la penuria, a la inmensa mayoría de los hombres, a quienes Él mismo redimió y elevó a la categoría de miembros de su Cuerpo Místico. La condición de plebeyo puede y debe, pues, mostrarse tranquila y dignamente a la luz del sol; y el plebeyo puede y debe vivir con abundancia, sin preocupaciones, con nobleza —diríamos— en su condición, con el estilo de vida que le es propio, sin sentir la necesidad de camuflarse como burgués, sino mostrando, por el contrario, a todos, de cuánta belleza tangible y cuánto esplendor moral es capaz la vida de un plebeyo redimido por la Sangre de Cristo. * * *
Este es un principio al que no se puede renunciar bajo ningún concepto. En una civilización cristiana debe haber clases proporcionadamente desiguales. El pueblo, el “pueblito de Dios” como se decía cariñosamente en la Edad Media, debe necesariamente existir y constituir una clase que tenga lo suficiente para una vida familiar cómoda y estable según su condición; una clase consciente de su dignidad, que encuentre en su modo de vida propio y característico, la honra y la belleza. La cuestión social no se resolverá mientras la mayor parte de la humanidad se avergüence de la condición de vida que le es propia; mientras no resurja un arte popular que haga resplandecer ante los ojos de todos la fuerte, bella y noble dignidad del verdadero plebeyo; mientras no se proporcionen al obrero urbano y rural condiciones de vida materiales que hagan esto posible. Sobre todo, mientras la templanza cristiana no expulse de la atmósfera contemporánea las toxinas de la Revolución, y todas las clases, en lugar de soñar con una igualdad descabellada, sepan amarse en Jesucristo, Nuestro Señor, que quiso nacer noble y trabajador manual, Príncipe de la Casa de David e hijo de carpintero, para que fluya entre ellas el amor y la caridad cristiana.
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