Si los diez mandamientos son obligatorios para todos, no son imposibles para nadie. Está en nuestras facultades el observar aun los más difíciles, mediante los auxilios de la gracia que Dios nos ofrece, y que nunca niega a los que humildemente se la piden. Dios no manda nada imposible; pero como dice el Concilio de Trento (sesión 6), al mandar, cuida de que se le pueda obedecer, y en el caso de que no se pueda, ayuda para que se pueda. Hay más, no solamente los mandamientos no son imposibles con ayuda de la gracia, sino que tampoco son difíciles; sobre todo cuando se observan desde la juventud y con espíritu de amor: “El amor de Dios consiste en observar sus mandamientos; y sus mandamientos no son penosos” (I Jn 5, 3). Lo que debe inducirnos a guardar esta ley santa, es de una parte, la voluntad de Dios, y de otra, nuestra propia felicidad: porque Dios, para sancionar su ley, ha querido que nuestra felicidad dependiese absolutamente de nuestra fidelidad en observarla. En efecto, el legislador supremo promete recompensa eterna a los que guardan sus mandamientos; y amenaza con castigo eterno a los transgresores. Él quiso que su ley santa fuese para los hombres un principio de verdadera felicidad desde este mundo, según estas palabras: “La justicia levanta a los pueblos, lo que hace a las naciones desgraciadas, es el pecado” (Prov 14, 34). El decálogo es el desarrollo de la gran ley de la caridad, que comprende, como Jesucristo lo ha enseñado expresamente, dos preceptos generales: el amor de Dios y el del prójimo: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, y al prójimo como a ti mismo. En razón de este doble precepto fundamental, grabó Dios el decálogo sobre dos tablas de piedra, de las cuales la primera contenía los deberes para con Dios, y la segunda, los deberes para con nosotros mismos y para con el prójimo. Todos los mandamientos, sea cualquiera la forma en que se enuncien, son a la vez preceptivos y prohibitivos, es decir, que cada mandamiento encierra un precepto y una prohibición, un deber particular que se prescribe, y un pecado particular que se prohíbe. F. X. Schouppe SJ, Curso abreviado de Religión, Librería de la viuda de Ch. Bouret, París-México, 1906, p. 359-601.
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