Entre los monumentos católicos de los que se enorgullece la “muy noble, leal e imperial ciudad” del Cusco, se destaca el templo y convento de Nuestra Señora de la Merced, fundado en 1534 por Fray Sebastián de Castañeda, primo de Don Francisco Pizarro e integrante del primer contingente de religiosos en arribar al Perú. Si bien la actual edificación ocupa el mismo lugar que la original, su construcción es posterior al demoledor terremoto del 31 de marzo de 1650. Fue entonces que, gracias al emprendimiento de su celoso obispo y mecenas, Don Manuel de Mollinedo y Angulo, el Cusco resurgió soberbio de los escombros y es hasta la actualidad la admiración y el encanto de todos cuantos lo visitan. Como parte de ese extraordinario impulso, los padres mercedarios erigieron una de las más bellas joyas de la arquitectura virreinal. Destacando en ella la imponencia de su torre, la magnificencia de su claustro y los formidables tesoros que guarda su iglesia. Una piadosa imagen muy afecta a los cusqueños En una de las capillas laterales de La Merced, se venera una hermosa imagen de la Virgen de la Soledad que se remonta a los primeros tiempos de la evangelización y que, según una piadosa leyenda, habría sido esculpida a pedido del Padre Comendador por ángeles artistas.
Es una imagen de tamaño casi natural y que nos representa muy vivamente a María Santísima en el misterio de sus Dolores, levemente inclinada hacia un lado, conmovida por tanto sufrimiento, con un pañuelo de seda en sus manos para apagar tantas lágrimas. Gracias a su maternal intercesión, los cusqueños se vieron libres en 1614 de una asoladora peste “de garrotillo y erisipela con letíferas fiebres y varios tumores, que no había casa donde no hubiese herido muchos y los más desahuciados” como tan descriptivamente lo refieren los Anales del Cuzco.1 Entre sus innumerables devotos destaca la figura del venerable Siervo de Dios Fray Francisco Salamanca (1680-1737), “el ángel del convento mercedario del Cusco, en cuyos claustros permanece vivo el recuerdo de su santidad y de su alma de artista”.2 El escritor eclesiástico P. Vargas Ugarte S.J. señala algunos sucesos marcantes en la historia de la venerada imagen: “La piedad de sus devotos la enriqueció y dotó con verdadera magnificencia y su culto se mantuvo floreciente aun en el siglo XVIII. En 1720 convinieron los cofrades en conducir la imagen a la catedral, donde permaneció nueve días, a fin de implorar su protección en la epidemia que por entonces hacía estragos en la ciudad. El hecho de que en la procesión figurase esta imagen al lado del Señor de los Temblores y de la Virgen de Belén nos da la medida de la veneración en que era tenida”.3 Y una tradición que perdura en el tiempo Hoy como ayer, a las tres en punto de la tarde del Viernes Santo, parte de la iglesia de La Merced la solemne procesión del Santo Sepulcro, siempre acompañado por Nuestra Señora de la Soledad. El cortejo es precedido por la cruz procesional que marcha flanqueada por dos cirios, todos cargados por monaguillos. Le sigue a continuación, en un regio relicario, la preciosísima reliquia del lignum crucis transportada por el Arzobispo Metropolitano magníficamente paramentado y bajo palio de seis lanzas. Y más atrás la imagen exánime del Cristo yaciente en su hermosa urna barroca iluminada por severos faroles, cargada en hombros con paso suave, cadencioso y solemne por la Hermandad de Caballeros del Santo Sepulcro. Completa el cortejo el anda con la imponente y regia figura de la Madre Dolorosa, a quien los cuzqueños cariñosamente llaman la Virgen del Viernes Santo, vestida rigurosamente de luto, con el rostro cargado de aflicción y el corazón traspasado de dolor. El recorrido se realiza por las calles de Heladeros y Santa Teresa, hasta el convento carmelita. De ahí baja por las evocativas calles Siete Cuartones y Plateros, y por esta última ingresa a la Plaza de Armas. Pasa frente a la Catedral y a la Iglesia de la Compañía para retornar en horas de la noche a su templo. A la vista de esta conmovedora imagen de la Virgen de la Soledad, bien podría ser que más de un lector se pregunte: ¿Por qué Nuestra Señora quiso sufrir? Las excelsas razones del sufrimiento de María La Virgen María fue concebida sin pecado original debido a un privilegio único concedido por Dios en previsión de los méritos de Jesucristo. No estaba sujeta a las malas inclinaciones latentes en los demás hombres, ni tampoco necesitaba sacrificarse como nosotros. Sin embargo, Ella quiso sufrir por diversas y altísimas razones.
Fundamentalmente, porque acompañando todos los trances de la Pasión de su Divino Hijo, permaneciendo al pie de la Cruz, viéndolo agonizar y morir y participando así de todos sus padecimientos redentores, se asoció de manera perfecta a su plan de salvación y a sus méritos infinitos, reparando unida a Él por los pecados de la humanidad, y obte niéndonos de esa manera dones y gracias en superabundancia. Nuestra Señora fue siempre santa e inmaculada, y podría no haber pasado por las pruebas que Dios envía a los demás hombres con el objeto de santificarlos. Pero si Ella las deseó, fue para enseñarnos a ser desprendidos de los bienes terrenos y a amar los planes de la Sabiduría divina aún cuando no los comprendamos. Son éstas las preciosas enseñanzas que Nuestra Señora nos dejó. Nosotros debemos sufrir como consecuencia del pecado original y de nuestros pecados actuales. Ella no tenía porqué, pero lo quiso por amor a Dios y a sus hijos concebidos en pecado original. ¡Imitemos el ejemplo de tan excelsa Madre! He aquí una sublime lección para meditar en esta Cuaresma y durante la Semana Santa, cuando tantos olvidados de Dios lo ofenden entregándose a diversiones inconvenientes, cayendo en el pecado, y afanándose en huir de cualquier forma, de todo sufrimiento. Notas.- 1. P. Rubén Vargas Ugarte S.J., Historia del Culto de María en Iberoamérica, Madrid, 1956, t. II, p. 122.
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