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Emperador del Sacro Imperio El 13 de julio de 1024, san Enrique II, Renato Murta de Vasconcelos
Baluarte de la Iglesia contra los ataques de bizantinos y musulmanes, defensor de los derechos y prerrogativas del Papado, promotor de la reforma moral del clero y del celibato eclesiástico, incansable apóstol de los eslavos, san Enrique fue educado por san Wolfgang, obispo de Ratisbona, y se convirtió en el único emperador del Sacro Imperio en ser elevado a la gloria de los altares. Casado con santa Cunegunda, de la Casa de Luxemburgo, era cuñado de san Esteban, primer rey evangelizador de Hungría. Resurgimiento del Sacro Imperio Romano El fiel o el peregrino —hoy más bien sería un turista— que ingresa a la catedral de Bamberg, hermosa y pequeña ciudad situada al norte de Baviera, encuentra en la penumbra que envuelve la parte posterior del recinto sagrado, un imponente mausoleo,1 un inmenso relicario de mármol negro que guarda los restos mortales del emperador Enrique II y de su santa esposa Cunegunda.2 Sobre la tumba, dos esculturas yacentes que representan al matrimonio imperial, ambos coronados, con dos leones a sus pies, símbolo de la fe en la resurrección de los muertos. La figura de la izquierda ostenta el blasón de la Casa de Baviera y la de la derecha el de la Casa de Borgoña, linajes principescos de los que descendía el matrimonio imperial. En los laterales del sepulcro, relieves narran episodios de la vida de san Enrique y de su consorte. Personalidad singular, sin sombra de duda, la de san Enrique. La época en que vivió —entre finales del siglo X y comienzos del XI— fue caracterizada por el Papa León XIII como la era histórica en que “el sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades”.3 Una época, sin embargo, marcada por grandes desafíos. En el orden temporal, del desmoronamiento del imperio carolingio había surgido en el este, con los ducados de Franconia, Suabia y Sajonia, el reino germánico bajo la dinastía otónida, en constante lucha contra los pueblos eslavos aún sumidos en el paganismo. La coronación de Otón I en Roma, el 2 de febrero de 962, a manos del Papa Juan XII, marcó el resurgimiento del Sacro Imperio Romano. En el campo espiritual, la Iglesia afrontaba en Occidente una crisis severa: simonía, tremenda decadencia moral del clero, injerencia de potentados en las elecciones papales y en la dirección de la Iglesia, además de la proliferación de pequeños grupos de cristianos apóstatas, cuyas herejías maniqueas precedieron en dos siglos a los perniciosos errores de albigenses y valdenses. En Oriente, desde el siglo IX se propagaba la herejía trinitaria sobre la procedencia del Espíritu Santo y la negación de la supremacía de jurisdicción del Papa, errores graves que conducirían al Gran Cisma de 1054, sin contar las incesantes y calamitosas incursiones musulmanas en la península itálica. En este vasto campo de apostolado y acción, donde las maniobras políticas y diplomáticas se entrelazaban con las disputas dogmáticas y el choque de las armas, se desplegó la personalidad y florecieron las virtudes de san Enrique.
Discernimiento de los grandes problemas de la Iglesia y del Estado Enrique nació el 6 de mayo de 973 en el castillo de Bad Abbach, próximo a Ratisbona, en Baviera. Hijo de Enrique II el Pendenciero, duque de Baviera, y de Gisela, princesa de la Casa de Borgoña. Por línea paterna era bisnieto del duque Enrique el Pajarero, de Baviera, esposo de santa Matilde, y sobrino nieto del emperador Otón I el Grande, cuya esposa fue santa Adelaida. Por línea materna era nieto del rey Conrado I de Borgoña. Fue educado en su infancia por su madre Gisela y por el obispo Abraham de Frisinga. Asistió a la célebre escuela eclesiástica de Hildesheim, con vistas a una futura carrera eclesiástica. Posteriormente se instruyó bajo la dirección de san Wolfgang, obispo de Ratisbona, y de Romwold, abad del monasterio de San Emerano.
Su excelente formación moral, intelectual y teológica lo situó entre los príncipes más piadosos y cultos de su tiempo. Con la muerte de su padre en 995, se convirtió en duque de Baviera. A pesar de su relativa juventud, ya despuntaban en él las cualidades de un gobernante excepcional: visión clara de los grandes problemas de la Iglesia y del Estado, profunda penetración psicológica, sentido de la oportunidad y del momento justo para actuar, valentía, prudencia y firmeza en las decisiones. Uno de sus primeros actos de gobierno en el ducado de Baviera fue promover el matrimonio de su hermana Gisela con Esteban, rey de los húngaros.4 Con ello buscaba garantizar la seguridad de las fronteras bávaras al este, pero también, y sobre todo, favorecer la conversión de los magiares. En los umbrales del nuevo milenio, en fecha incierta entre 997 y 998, contrajo nupcias con la princesa Cunegunda. Poco antes, en 996, el Papa Gregorio V había coronado a Otón III como emperador. Desde entonces, hasta el final de su vida, el joven monarca tuvo en san Enrique un vasallo leal, un consejero sagaz, que lo acompañó fielmente en las empresas militares y en sus viajes a Roma. Ascenso al trono germánico A comienzos del año 1002, Otón III murió en Italia, en Castel Paterno, Faleria, a los 22 años, sin dejar descendencia. San Enrique, como sobrino nieto de Otón I, tenía legítimo derecho al trono del Reino Franco Oriental, de los germanos. La sucesión en la dinastía otónida se daba en el ramo de Sajonia; sin embargo, san Enrique pertenecía al ramo secundario, bávaro. De ahí que no fuese reconocido inmediatamente como rey. Cuatro pretendientes disputaban el trono. Dos vinculados a la dinastía —Otón,5 duque de Carintia, y el conde palatino Ehrenfried de Lorena, casado con una hermana de Otón III—, y otros dos procedentes de ducados germánicos: Ekkehard, margrave de Meissen, y Hermann, duque de Suabia. En esta emergencia se reveló su instinto político. Sabiendo que los restos mortales del difunto emperador venían de Italia para ser sepultados en la catedral de Aquisgrán, san Enrique, saliendo al encuentro del féretro en Polling, Baviera, se apoderó de las insignias del poder real para forzar una situación de hecho. Inmediatamente, Otón de Carintia —nieto de Otón I el Grande y padre del Papa Gregorio V— renunció a sus derechos al trono en favor de Enrique. Ekkehard fue asesinado por enemigos personales en Pöhlde, el 30 de abril de 1002. Persistía, sin embargo, el peligro de guerra por la corona.
Para evitar un caos generalizado en el reino, el arzobispo Willigis de Maguncia, que murió en olor de santidad, ungió y coronó a san Enrique el 7 de junio en la catedral de aquella ciudad. Al mes siguiente recibió la aclamación de la nobleza de Turingia en el castillo de Kirchberg, en Jena. El 24 de julio, en Merseburg, llegó el turno del clero y la nobleza de Sajonia de proclamarlo rey de los germanos. El 10 de agosto, el arzobispo Willigis coronó a santa Cunegunda como reina en la ciudad de Paderborn, y consagró a Sofía, hermana de Otón III y partidaria de san Enrique, como abadesa del convento de Gandersheim. El conde palatino Ehrenfried resistió aún por algún tiempo, y Hermann de Suabia se sometió finalmente el 1 de octubre en Bruchsal. Se advierte aquí el método empleado por san Enrique para conquistar la corona: por etapas, convenciendo primero a la nobleza y al clero de su propio ducado; luego, tras el asesinato de Ekkehard, la tentativa inicialmente infructuosa de atraer a Hermann de Suabia; después persuadió a los turingios y a los sajones; y finalmente se volvió hacia Occidente, siendo reconocido por los representantes de los obispados occidentales en Duisburgo. Para culminar, con el apoyo de los príncipes de la Baja Lorena, fue coronado rey en Aquisgrán el 8 de setiembre, fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen. Programa sapiencial de gobierno San Enrique procuró revitalizar el poder real con el apoyo del episcopado. Para ello nombraba en las sedes episcopales a varones probos y capaces, formados en la cancillería real. A la regeneración moral, al restablecimiento de la disciplina y del orden en el clero y en el laicado dedicó lo mejor de su tiempo y de sus esfuerzos. Con tal fin convocó, a lo largo de los años, numerosos sínodos en los cuales, con gran don de elocuencia, lograba convencer a los más recalcitrantes. Una de sus fundaciones predilectas fue la creación de la diócesis de Bamberg, formada con territorios de las diócesis de Wurzburgo y Eichstätt, y aprobada en 1007 por el Sínodo de Frankfurt, en el que participaron treinta y cinco obispos. La construcción de la catedral de la nueva diócesis llevó cinco años y fue inaugurada solemnemente en 1012, con la presencia de cuarenta y cinco obispos y arzobispos. Con la creación de la diócesis de Bamberg, san Enrique buscaba apoyar el esfuerzo misionero para la conversión de los paganos del este europeo. Por ello, en su política exterior procuró establecer no solo una paz duradera entre la Corona y la Tiara, sino también mantener estrechas relaciones con Hungría y contener los avances del duque Boleslao Chrobry el Bravo, quien aprovechó la convulsión derivada de los litigios por la disputa del trono alemán y avanzó con sus tropas hasta el Elster. Entre 1002 y 1018, san Enrique hubo de emprender tres campañas militares contra Chrobry, que más tarde se convertiría en el primer rey de Polonia.
Vida de lucha incansable en favor del Reino y del Papado Durante sus veintidós años de reinado, san Enrique no tuvo, por así decirlo, un minuto de descanso. La pacificación interna de su reino, la defensa contra las invasiones provenientes de Polonia, las alianzas con Roberto el Piadoso y con el reino de Borgoña, así como las diversas incursiones en la península italiana para combatir a los rebeldes lombardos, defender al Papa contra los patricios tiranos y las usurpaciones de los bizantinos, y finalmente apoyar la guerra de expulsión de los bizantinos herético-cismáticos y de los musulmanes incrédulos del sur de Italia, toda esa obra gigantesca fue objeto de su celo incansable. El 22 de febrero de 1014, fiesta de la Cátedra de San Pedro, san Enrique entró en Roma con gran séquito, acompañado de doce senadores. El Papa Benedicto VIII lo esperaba en la Basílica de San Pedro. Luego de jurar ser un “constante defensor de la Iglesia y leal vasallo de Jesucristo”, el Papa lo ungió con los santos óleos, lo proclamó emperador del Sacro Imperio y lo coronó, junto con santa Cunegunda. Aquel mismo día, el Pontífice ofreció al emperador un gran banquete en su palacio de San Juan de Letrán, según relata el historiador Ditmar. El monje Glaber, otro contemporáneo, cuenta además que, en esa ocasión, el Papa obsequió al emperador un globo de oro, rematado por una cruz y adornado con piedras preciosas. El globo representaba el mundo; la cruz, a la Iglesia que debía ser protegida por el monarca; y las piedras preciosas, las virtudes con las que debía adornarse. Entonces san Enrique dijo al Papa: “Santo Padre, queréis enseñarme por este medio cómo debo gobernar. Este obsequio solo puede convenir a quienes desprecian las pompas del mundo para poder seguir la cruz sin impedimentos”. Este precioso globo fue entregado por san Enrique a su amigo san Odilón, abad del monasterio benedictino de Cluny, principal centro de la reforma monástica que habría de cambiar el rostro de la Europa cristiana en los próximos siglos. Legítimo continuador de la estrategia de Carlomagno A ejemplo de Otón I, el emperador san Enrique otorgó al Papa un diploma —firmado por él, doce obispos, tres abades y diversos potentados— en el cual reconocía, ratificaba y confirmaba todos los derechos temporales de la Santa Sede, así como las donaciones que le habían sido hechas por Pipino el Breve y por Carlomagno.
Durante aquella estancia en Roma, san Enrique preguntó a los sacerdotes por qué durante la misa no cantaban el Símbolo de los Apóstoles, después de la lectura del Evangelio, como era costumbre en otros lugares. Le respondieron que la Iglesia romana jamás había sido mancillada por ninguna herejía y que, por ello, no era necesario que declarase su fe mediante el canto del Credo. Retomando el deseo ya expresado dos siglos antes por Carlomagno, san Enrique consiguió que el Papa Benedicto VIII introdujera el canto del Credo después del Evangelio en las misas solemnes. Así lo atestigua Vernón, abad de Reichenau.6 Las disposiciones de san Enrique otorgaron al Papa un inmenso poder. Con su ayuda logró expulsar a los sarracenos que habían ocupado la ciudad portuaria de Luna. Un espíritu de victoria inflamó el ánimo de los cristianos. En 1016, pisanos y genoveses reconquistaron la isla de Cerdeña, en manos de los musulmanes desde 1002. En los últimos años de su vida, san Enrique tuvo que empeñarse nuevamente en campañas en Italia. Mientras consolidaba los estados en el interior y aseguraba la paz con los vecinos del este, los lombardos, aliados con bizantinos y normandos, asolaban las provincias italianas. El monarca se preparó para castigarlos: los derrotó en varias batallas, repelió a unos y a otros y sometió también a Lombardía. Reintegró a la Iglesia en la posesión de las tierras invadidas, ocupó Nápoles, Salerno y Benevento, y restableció la paz en la península. Los años posteriores a la coronación imperial estuvieron llenos de espinas y dificultades para san Enrique. Solo en 1019 regresó la paz. Al año siguiente celebró la Pascua en Bamberg, con la presencia de Benedicto VIII, el Papa que lo había coronado seis años antes y que se desplazó allí para consagrar la nueva iglesia de San Esteban. Al volver a Alemania, tuvo con Roberto el Piadoso, hijo de Hugo Capeto y rey de los franceses, la célebre entrevista del río Mosa, en la cual se entendieron sobre la reforma moral de la sociedad. Para ello acordaron convocar un sínodo, que no llegó a realizarse a causa de la muerte prematura de san Enrique. El ceremonial disponía que el encuentro se celebrase en una pequeña isla, en medio del río. San Enrique, en atención a las virtudes del monarca francés, resolvió quebrar el protocolo, atravesó el Mosa con su séquito y fue a saludar al rey de Francia en la orilla opuesta.
Modelo ideal de un monarca En su obra Revolución y Contra Revolución, el profesor Plinio Corrêa de Oliveira señala como fuerzas propulsoras del proceso revolucionario el orgullo y la sensualidad. Del orgullo nace el igualitarismo, porque el orgulloso no acepta ninguna forma de superioridad; de la sensualidad surge el liberalismo, pues el sensual no admite el menor freno a sus pasiones. Aunque resulte difícil vislumbrar la existencia del proceso revolucionario a comienzos del siglo XI, las tendencias que lo originarían dos siglos más tarde ya estaban latentes en el cuerpo social. En sentido totalmente opuesto a esas tendencias —presentes en la anarquía feudal, en las rebeliones de los nobles y en los desórdenes morales que campeaban en el seno del clero— se desarrolló la vida de san Enrique.
Humilde, despreciaba las grandezas mundanas; puro de cuerpo y de alma, quería tener la mente siempre orientada hacia las cosas celestiales. Buscando alcanzar la cima de todas las virtudes, se convirtió en el modelo ideal del monarca cristiano. En medio de su vida de hombre de acción, de sus guerras, de sus victorias, de sus riquezas, aspiraba a una vida de recogimiento, deseaba abrazar el silencio del claustro para conversar con Dios, él que había recibido una excelente formación teológica. Tenía especial aprecio por el beato Ricardo, abad del monasterio de Vannes, en Verdún, a quien había hecho grandes donaciones. Un día, al visitarlo en compañía del obispo Aimón, pronunció en voz alta las palabras del salmista: “Esta es mi mansión por siempre, aquí viviré, porque la he escogido” (Sal 132 [131], 14). El abad se hallaba ante un grave dilema: ¿cómo atender el pedido del emperador sin perjudicar al Estado? Después de seria reflexión, y delante de todos los monjes reunidos, interrogó al emperador sobre su deseo de abandonar el mundo: “¿Queréis, según la regla y siguiendo el ejemplo de Jesucristo, ser obediente hasta la muerte?”. A la respuesta afirmativa del emperador, el abad declaró entonces que lo recibía como monje, se encargaba de la salvación de su alma y que, en virtud de la santa obediencia, le ordenaba regresar a “gobernar el imperio que Dios le había confiado y que, con firmeza en el ejercicio de la justicia, procurase el bien del reino”.7 Obediente, volvió al buen y recto gobierno de sus pueblos. San Enrique se yergue así, en el umbral del siglo XI, como un monarca excepcional: varón de gran cultura, político prudente, guerrero astuto, hábil diplomático, santo incomparable. Introduciendo la reforma cluniacense en sus dominios, ayudó a preparar el gran movimiento de reforma moral del clero y del laicado que suscitó a Papas de envergadura sin igual en la historia de la Iglesia, tales como san León IX (1002-1054), Víctor II (1020-1057), san Gregorio VII (1025-1085) y el beato Urbano II (1035-1099). Ningún obstáculo le impidió cumplir su deber hasta el último aliento. Se dice que padecía de cálculos renales con terribles dolores. Esa fue la causa de su muerte, ocurrida el 13 de julio de 1024. Falleció rodeado de sus familiares, teniendo a su cabecera a su incomparable esposa, santa Cunegunda. Esta última escena de su vida está representada en uno de los cuadros laterales del mausoleo del escultor Tilman Riemenschneider. La última escena A sus pies, un demonio le señala con dedo acusador. Y san Enrique, presto a presentarse ante el Justo Juez, con mirada serena, dirigida hacia su esposa, declara a sus familiares que la devolvía tan pura como la había recibido. Así se elevó el alma del gran emperador. En el Cielo le estaba reservada la “recompensa inmensamente grande” (Gén 15, 1).
Notas.- 1. Obra maestra del célebre escultor Tilman Riemenschneider (1460–1531), realizada entre 1499 y 1513, cuando recibió los restos mortales de san Enrique y de santa Cunegunda, el único matrimonio imperial canonizado hasta hoy. Sus bóvedas craneanas se encuentran actualmente en dos relicarios, custodiados en el Tesoro de la catedral de Bamberg.
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