¿Por qué, tanto en la oración del Padrenuestro cuanto en el Credo, aparecen “cielo” (en singular) y “cielos” (en plural)?
No hay contradicción entre las dos expresiones, una en singular, otra en plural: “cielo” y “cielos”. Nuestro Señor dijo que “en la casa de mi Padre hay muchas moradas”: “in domo Patris mei mansiones multae sunt” (Jn. 14, 2). Así, cuando decimos “cielo” en singular, nos referimos a la Casa del Padre como un todo; cuando decimos “cielos” en plural, queremos indicar las diversas mansiones que hay en la Casa del Padre celestial. ¿Por qué existen esas diversas mansiones o moradas? —Porque, aunque la felicidad en el Cielo sea plena y perfecta para todos, no es igual para todos, sino proporcional a los méritos de cada uno. Como vivimos bombardeados por la idea de la igualdad, que triunfó en el mundo a partir de la Revolución Francesa de 1789 —cuyo lema era precisamente Libertad, Igualdad y Fraternidad— y más aún después del surgimiento del comunismo, cuya noción radical de igualdad impregnó de tal modo las corrientes políticas, económicas y sociales del mundo de nuestros días, afirmar que en el Cielo la felicidad no es igual para todos choca a mucha gente: «¿Entonces, en el Cielo, unos serán más felices que otros?» —¡Sí, exactamente! La felicidad en el Cielo será proporcional a los méritos de cada uno, como acaba de ser dicho.
Sucede que cada uno será plenamente feliz en la medida de su capacidad de ser feliz, lo que depende de su correspondencia y fidelidad a las gracias que a lo largo de la vida recibió de Dios. Si una persona dilató su alma por un amor más generoso a Dios, recibirá un don mayor de amor de Dios y de gloria y será más feliz que otra que abrió menos su corazón a Dios. Si una fue más devota de Nuestra Señora que otra, es normal que esté más próxima de la Virgen Santísima. Pero no sólo eso: la gratuidad del amor de Dios es tal que a unos Dios amó más que a otros, y dilató el corazón de ellos de modo que puedan recibir un mayor grado de amor y bienaventuranza. Así, el premio final de la felicidad en el Cielo será una resultante de la gratuidad de la elección divina y de la correspondencia de cada alma. Uno podrá haber sido llamado a ocupar un lugar más alto, pero por haber correspondido menos, quedará en un nivel más bajo, y viceversa. A esos diversos niveles y modos de felicidad corresponden las diversas mansiones (“cielos”) en la Casa del Padre celestial. Además, es necesario considerar que en el Cielo no hay pecados ni defectos, por lo tanto no hay envidia. Cada uno se alegrará con la gloria de su hermano, de su superior. Y esa alegría le traerá un aumento accidental de felicidad. O sea, la gloria de cada uno revertirá en felicidad para todos los demás, y cuanto más él fuere elevado en gloria, más felicidad él ocasionará a los otros, que tienen menos. Tenemos de ello un pálido ejemplo en esta Tierra, con los padres que se alegran que el hijo progrese y se eleve más que ellos. Entre las meras criaturas, Nuestra Señora es la que produce más felicidad a los otros, exactamente por estar encima de todos como Reina del Cielo. Una vez más cabe el comentario: ¡cómo es seria y bella la vida en esta Tierra! No fuimos puestos aquí para jugar... sino para volvernos santos. “Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial” (Mt. 5, 48).
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