Por una feliz coincidencia, en este mes en el que celebramos la fiesta de Santa Rosa de Lima, la primera flor de santidad del Nuevo Mundo, el tema abordado por Mons. José Luis Villac en su erudita y leidísima columna La Palabra del Sacerdote, es precisamente el de la intercesión de los santos. Un esclarecimiento tan oportuno cuanto formativo, pues no son pocos los católicos que vacilan ante la prédica protestante, contraria al culto a los santos, por no conocer bien la doctrina católica al respecto. Hablando de santos y de santidad, la sección Vida de Santos nos ofrece una hagiografía sobre Santa Teresa Jornet, fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Antes de iniciar su lectura, permítanme que haga una pequeña remembranza personal y un agradecimiento público. Recuerdo un día, acompañando de niño a mi madre en automóvil, vi a un par de monjitas que aguardaban a la puerta de una casa en Miraflores. Su amplio e impecable hábito color negro, su mirada recatada, su venerable apariencia, me causaron una profunda impresión. ¿Quiénes son estas religiosas y qué hacen en la calle?, le pregunté a mi madre. —Son unas monjitas españolas —me respondió— que cuidan de los ancianos desvalidos. Ellas hacían la postulación: recogían donaciones para sostener su obra benéfica. Éste fue mi primer contacto con las hijas de Santa Teresa Jornet, con quienes he tenido el honor de tratar personalmente en diferentes lugares de nuestra patria, en donde cumplen su benemérito y sacrificado apostolado. La campaña El Perú necesita de Fátima les está eternamente agradecida, por la cristiana acogida que las Hermanitas brindan en sus casas-asilo a nuestros peregrinos. Ahora sí, les invito, amables lectores, a conocer algunos pormenores notables de la vida de esta santa fundadora, cuya congregación está floreciente hoy en día en tres continentes, América, Europa y África. En Jesús y María, El Director
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