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P. David Francisquini
Como siempre, basado en la doctrina católica, continuamos hoy con el tema sobre la licitud de la veneración de imágenes a partir de la venida a la tierra del Hijo de Dios, al encarnarse en el seno virginal de María Santísima. Según San Juan Damasceno —una de las grandes figuras del cristianismo, no sólo de la época en que vivió (siglos VII y VIII) sino de todos los tiempos—, Aquel que era y es invisible para nosotros se vuelve así visible. En efecto, prosigue el Padre oriental de la Iglesia: “Aquel que es puramente espiritual se hace carne y vive entre nosotros. Es el instrumento que Dios nos dio para nuestra redención y salvación”. Esta nueva alianza con el género humano, Dios la quiso sellar haciéndose Él mismo miembro integrante de este género por la unión hipostática. Científicos analizaron la mortaja con que Cristo fue envuelto en el Santo Sepulcro, conocida como el Santo Sudario de Turín [foto de la izquierda]. En ella se encuentra grabada portentosamente la figura del divino cuerpo. Las llagas impresas en él son de tal modo visibles que, tomándolas como modelo, escultores pudieron tallar en madera una reproducción exacta de Cristo muerto y clavado en la cruz. En una época como la nuestra, tan adelantada en el conocimiento técnico y científico, pero decadente y sin fe, los descubrimientos en el Santo Sudario vinieron a confirmar todo aquello que fuera narrado en las Sagradas Escrituras: Cristo padeciendo y muriendo por nosotros, mostró al mundo entero que Él quiso dejarnos su figura sagrada impresa en aquel tejido.
Aún en la Pasión, el gesto de valentía y dedicación de Verónica [pintura de la derecha] al enjugar el rostro del Divino Redentor fue recompensado con la impresión milagrosa de su santa Faz en el velo. Todas las reliquias de la Pasión —la Santa Cruz, los clavos, la corona de espinas— merecen actos de adoración por pertenecer al Hombre-Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad. El culto de latría, o de adoración, es prestado solamente a Dios. A los santos le son prestados cultos de dulía, o sea, culto de veneración, de homenaje hecho al propio santo por ser amigo de Dios. Y el culto que se presta a la Virgen Santísima es el de hiperdulía, por el hecho de ser Ella la madre de Dios por obra del Espíritu Santo. Recordemos una vez más que no existe en la Iglesia adoración de imágenes de santos, de la Santísima Virgen y ni siquiera de Nuestro Señor Jesucristo. Los católicos las veneramos, las tratamos con respeto, les rendimos los debidos homenajes, por cuanto ellas nos animan y nos incentivan en la fe, en la devoción y en la piedad. Si necesitáramos hablar con un jefe de Estado, el modo más simple consiste casi siempre en hacerlo por medio de uno de sus ministros, o incluso de un amigo próximo a él, para que así alcancemos lo más rápidamente posible lo deseado. Análogamente, cuando rezamos frente a una imagen de un determinado santo, nosotros lo consideramos en cuanto amigo e intercesor junto a Dios. En el Ritual Romano, la Iglesia tiene bendiciones especiales para que tales objetos adquieran el carácter de sagrado. Dejo una vez más la promesa de volver nuevamente al asunto en la primera ocasión.
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