Plinio Corrêa de Oliveira La Plaza de Santa María Formosa, en Venecia, según el famoso cuadro del Canaletto. A la derecha, un pequeño palacio, del cual sólo se puede ver una parte. Al centro, un pozo. Los personajes se dispersan lentamente por la plaza vacía. A ambos lados, edificios residenciales, unos más distinguidos y con cierto aire de nobleza, y otros más populares. De estos edificios, algunos tienen tiendas en la planta baja. Se diría un pequeño mundo pacífico y armónico, hasta cierto punto cerrado en sí mismo, en el cual coexisten lado a lado las diferentes clases sociales, nobleza, comercio, trabajadores manuales, unidas en función de la iglesia al fondo, que, con su campanile, domina digna y maternalmente el cuadro, enriqueciendo el ambiente con su más alta nota espiritual. Este microcosmos, ceremonioso, distinguido, no obstante marcado por una nota de intimidad, reunido alrededor de una pequeña plaza, revela el espíritu de una sociedad en que los hombres, lejos de querer disolverse en multitudes anónimas, tendían a constituir núcleos orgánicos y diferenciados, que evitaban el aislamiento, el anonimato, el aniquilamiento del individuo frente a la masa.
Cómo esta plaza, tan pintoresca y humana, tan distinguida pero en la cual conviven armónicamente las clases diversas, tan típicamente sacral por la irradiación que en ella ejerce la presencia del pequeño templo, diverge de ciertas inmensas plazas modernas, en que sobre un mare
magnum de asfalto, perdido en una agitada masa que circula en todas las direcciones, el hombre sólo tiene delante de los ojos rascacielos ciclópeos que lo aplastan.
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