Lectura Espiritual De los Novísimos y de otros medios principales para evitar el pecado

«Novísimos» se llaman en los Libros Santos las cosas postreras que acaecerán al hombre. Los Novísimos o Postrimerías del hombre son cuatro: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria.


Los Novísimos se llaman Postrimerías del hombre, porque la muerte es la cosa postrera que sucede al hombre en este mundo; el Juicio de Dios es el último de los juicios que hemos de sufrir; el Infierno es el mal extremo que tendrán los malos, y la Gloria, el sumo bien que poseerán los buenos.

Conviene pensar todos los días en nuestras Postrimerías, y sobre todo en la oración de la mañana al despertarnos, a la noche antes de acostarnos, y siempre que nos sintiéremos tentados, porque este pensamiento es eficacísimo para hacernos huir del pecado (Catecismo Mayor de San Pío X, Ed. Magisterio Español, Vitoria, 1973, p. 128).    



Letanías de la buena muerte

Oh Señor Jesús, Dios de bondad y Padre de misericordia, me presento delante de Vos con el corazón contrito, humillado y arrepentido, y os encomiendo mi última hora y lo que después de ella me espera.

Cuando mis pies empiecen a perder el movimiento, y me adviertan así que mi carrera en este mundo está próxima a su fin; Jesús misericordioso, ten piedad de mí.

Cuando mis manos empiecen a perder el tacto y, temblorosas, no puedan sostener ya el Crucifijo, dejándole caer a pesar mío en el lecho de mi dolor; Jesús misericordioso, ten piedad de mí.

Cuando velados ya mis ojos, contorciéndose ante el horror de la muerte cercana, fijen en Vos sus miradas lánguidas y moribundas; Jesús misericordioso, ten piedad de mí.

Cuando mis labios fríos y balbucientes pronuncien por última vez vuestro nombre adorable; Jesús misericordioso, ten piedad de mí.

Cuando mi cara pálida y lívida cause lástima y terror a los circunstantes, y bañados mis cabellos con el sudor de la muerte se pongan rígidos en mi cabeza, y anuncien que mi fin está cercano; Jesús misericordioso, ten piedad de mí.

Cuando mis oídos, próximos a cerrarse para siempre a las conversaciones de los hombres, se abran para oír la sentencia irrevocable que fijará mi suerte por toda la eternidad; Jesús misericordioso, ten piedad de mí.

Cuando mi imaginación, agitada de horrendos y espantosos fantasmas, quede sumergida en mortales congojas, y cuando, turbado mi espíritu por el recuerdo de mis iniquidades y el temor de vuestra justicia, esté pugnando contra el enemigo infernal, que tendrá empeño en quitarme la esperanza en vuestras misericordias y en precipi- tarme en los horrores de la desesperación; Jesús misericordioso, ten piedad de mí.

Cuando mi corazón, débil y oprimido con los dolores de la enfermedad, esté sobrecogido por el terror de la muerte, fatigado y rendido por los esfuerzos que haya hecho contra los enemigos de mi salvación; Jesús misericordioso, ten piedad de mí.

Cuando derrame las últimas lágrimas, síntomas de mi próxima destrucción, recibidlas, ¡oh Señor!, en sacrificio expiatorio, para que yo muera como una víctima de penitencia; y en aquel momento terrible, Jesús misericordioso, ten piedad de mí.

Cuando mis parientes y amigos íntimos, reunidos alrededor de mi cama, se enternezcan al ver mi lastimoso estado en el último trance, y os invoquen por mí; Jesús misericordioso, ten piedad de mí.

Cuando perdido ya el uso de mis sentidos, desaparezca de mi vista el mundo y yo gima entre las angustias de la última agonía y las congojas de la muerte; Jesús misericordioso, ten piedad de mí.

Cuando los últimos suspiros de mi corazón, den impulso a mi alma para que salga del cuerpo, aceptadlos, Señor, como nacidos de una santa impaciencia de unirme a Vos; y entonces, Jesús misericordioso, ten piedad de mí.

Cuando mi alma, al extremo de mis labios, salga para siempre de este mundo, y deje a mi cuerpo pálido, frío y sin vida, aceptad la destrucción de éste como un homenaje que rindo a vuestra divina Majestad; y en aquella hora, Jesús misericordioso, ten piedad de mí.

Finalmente, cuando mi alma se presente delante de Vos, y vea por vez primera el resplandor de vuestra Majestad, no la arrojéis de vuestra presencia; dignaos más bien recibirla en el seno de vuestra misericordia, para que eternamente cante vuestras alabanzas; y entonces, ahora y siempre, Jesús misericordioso, ten piedad de mí.

Oración. Oh Dios mío, que condenándonos a la muerte, nos ocultaste el momento y la hora, haced que viviendo justa y santamente todos los días de nuestra vida, merezcamos una muerte dichosa, abrasados en vuestro divino amor. Por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con Vos, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Jaculatorias. Jesús, José y María, os entrego mi corazón y el alma mía. Jesús, José y María, amparad mi alma en la última agonía. Jesús, José y María, haced que descanse en paz el alma mía.

(Cf. P. Luis Ribera  C.M.F., Misal Diario, Ed. Regina, Barcelona, 3ª edición, 1958, pp. 1043-1045)


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Tesoros de la Fe N°61 enero 2007


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