La dignidad del sacerdote es tal, que, según la expresión de san Agustín,* el Hijo de Dios encarna en sus manos como en otro seno de la Virgen. El sacerdote, haciendo que exista Jesucristo sobre el altar en virtud de las palabras de la consagración, viene a ser como su Padre y como el Esposo de su Santísima Madre. En poder del sacerdote ha puesto el Hijo de Dios las llaves del cielo; y en sus manos ha depositado el tesoro de la fe, y a su cuidado ha entregado el rebaño que compró a costa de su vida. Todos los intereses espirituales y eternos del género humano, todo el valor de la sangre de Jesucristo, toda la obra de la santificación y salvación de los hombres está al cuidado del sacerdote. El mismo Jesucristo se ha puesto, por decirlo así, a su disposición. ¡Pásmense los cielos, asómbrese la tierra, confúndase el infierno al contemplar la inmensa dignidad que Dios ha concedido al sacerdote! ¡Ah, si los ángeles fueran capaces de envidia, a nadie la tendrían sino a los sacerdotes! ¡Oh dignidad sacerdotal! ¡Oh mis amados sacerdotes! ¡De cuánta veneración sois dignos! Los ángeles os reverencian, las potestades os veneran y los principados asisten humillados a vuestro excelso ministerio. ¡Oh cristianos! ¡Con qué veneración, con qué respeto no deberemos acatar nosotros a estos encargados de Dios, a estos dioses visibles que nos representan al Dios invisible, a estos dioses de la tierra que hacen las veces del Dios del cielo! Pero los sacerdotes, no solo son dignos de nuestra veneración por su carácter sagrado y encumbrada dignidad, sino también por la multitud y grandeza de los bienes que nos dispensan.
Lic. D. Santiago José García Mazo (Magistral de la Iglesia Catedral de Valladolid), El Catecismo de la Doctrina Cristiana explicado, Valladolid, Imp. Vda. de Roldán, 1837, p. 406-407. * Lib. De dignit. Sacerd.
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