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Patrono de Armenia Ampliamente reconocido por la reconversión de Armenia al cristianismo, Plinio María Solimeo
Al contrario de lo que se piensa, san Gregorio no fue el primero en introducir el cristianismo en Armenia. Según una antigua tradición local, varios apóstoles predicaron allí, y algunos de ellos —como san Bartolomé y san Judas Tadeo— encontraron la muerte en aquella tierra. El primero habría sido martirizado en Albanópolis, siendo, según unos, decapitado, y según otros, desollado vivo y crucificado cabeza abajo, por orden de Astiages, por haber convertido a su hermano Polimio, rey de Armenia. A san Judas se le atribuye la evangelización de aquella región. Tal leyenda es tan persistente que hasta hoy la Iglesia Armenia afirma ocupar el “Trono de San Tadeo”. Aunque de carácter legendario, esta tradición testimonia que el cristianismo, en fecha muy antigua, pasó de Siria a Armenia. Sea como fuere, es cierto que hubo cristianos en el país, incluso obispos, antes de san Gregorio. De acuerdo con Eusebio de Cesarea, en su Historia Eclesiástica, un obispo de Alejandría, Dionisio (248-265), habría escrito una carta sobre la penitencia dirigida a los obispos armenios. Sin embargo, aquella iglesia primitiva fue destruida por la invasión de los persas, y el país recayó en el paganismo. Hijo de un homicida La vida de san Gregorio fue narrada por primera vez en una biografía datada hacia el año 460, más o menos contemporánea de la historia de los armenios escrita por Agathangelos. El nombre del santo, según dicha biografía, era Grigor Lusavorich. Nació en Capadocia entre los años 239 y 257. Era hijo de Anak Partev, el Parto, príncipe que se decía emparentado con los reyes arsácidas de Armenia. Su familia era rica e influyente. Anak, sobornado por el rival Imperio Sasánida de Persia —que duró de 224 a 651—, asesinó al rey armenio Cosroes II de Kadj. Fue, sin embargo, muerto junto con su familia por los vengativos parientes de Cosroes. Gregorio, aún niño, escapó de la ejecución gracias a la ayuda de Sopia y Yevtagh, sus tutores, y fue llevado a Cesarea de Capadocia, entonces provincia romana, donde fue criado como cristiano.
Nada sabemos de sus primeros años y estudios, salvo que asistió a una escuela griega. No obstante, su posterior actuación como obispo permite deducir que Gregorio recibió una esmerada educación. Ya adulto, contrajo matrimonio con Mariam, piadosa cristiana hija de un príncipe armenio de Capadocia. De su unión nacieron dos hijos: Vartanés y Aristakés. El primogénito se casó y dejó descendencia; Aristakés, en cambio, sucedió a su padre en la sede episcopal como catholicós (patriarca). Regreso a Armenia y prisión Gregorio dejó Capadocia y volvió a Armenia con la esperanza de reparar el crimen de su padre, evangelizando su patria. Para ello, de común acuerdo con su esposa, se separó de ella a fin de dedicarse plenamente a la vida monástica. Mariam, por su parte, también se consagró a Dios. Mientras tanto, en Armenia, un hijo de Cosroes II, Trdat, que había logrado huir, fue entrenado en el ejército romano y regresó a su país para expulsar a los persas y restaurar el reino armenio. Victorioso, se convirtió en Tiridates III, llamado el Grande, reinando entre los años 298 y 330 de nuestra era. Al volver a Armenia, Gregorio obtuvo un puesto en la corte. Sin embargo, celoso de su fe, comenzó a combatir el culto pagano imperante, negándose a participar en los ritos demoníacos que allí se practicaban. Esto irritó al rey Tiridates, quien, movido además por el hecho de que Gregorio era hijo del asesino de su padre, ordenó que fuese encarcelado durante catorce años en una fosa de la llanura del Ararat, bajo la actual iglesia de Jor Virap, situada cerca de la histórica ciudad de Artashat. Gregorio fue entonces torturado y arrojado a la terrible prisión de Jor Virap, conocida como el “pozo del olvido”, porque nadie jamás había retornado de ella.
Libertad y conversión del rey El santo yacía trece años en aquel abismo, empleando —según se supone— su forzado aislamiento en oración y penitencia, cuando ocurrió un hecho que habría de cambiar enteramente su vida. El rey Tiridates se sintió traicionado por el emperador Diocleciano, quien había invadido vastas áreas de las provincias occidentales de la Gran Armenia, transformándolas en protectorados de Roma. El golpe fue tan violento que —muchos afirman que hubo en ello también acción diabólica— cayó en un estado de licantropía, trastorno en el cual el individuo cree ser o haber sido transformado en animal, perdiendo el uso de la razón.
En medio de esta situación, Khosrovidukht, hermana de Tiridates, tuvo una visión en la que se le revelaba que la única persona capaz de curar al rey de su terrible enfermedad era precisamente Gregorio. Lo irónico era que la dolencia había sobrevenido tras las órdenes del monarca de ejecutar a un grupo de vírgenes cristianas que habían huido de la persecución en Roma. Consecuentemente, el santo fue liberado y, según la tradición, mediante exorcismos logró devolver la salud al rey, convirtiéndolo y bautizándolo en el año 301, junto con toda su corte. La aristocracia armenia siguió rápidamente el ejemplo de la familia real, y numerosos nobles abrazaron el cristianismo. Tiridates promulgó entonces un decreto por el cual concedía a Gregorio plenos derechos para realizar la conversión de toda la nación a la fe cristiana. De este modo, Armenia se convirtió en el primer país del mundo en adoptar el cristianismo como religión oficial del Estado. Como ello ocurrió bajo el imperio de Diocleciano (284-305), puede afirmarse que Armenia tiene el derecho de reivindicar el título de primer Estado cristiano. Progreso del cristianismo
En consecuencia, los antiguos templos paganos fueron demolidos, los centros zoroastrianos pasaron a manos de los cristianos, y toda la nación fue obligada a abrazar la nueva fe. Iglesias y monasterios surgieron por doquier, incluso en Jor Virap, la prisión de Gregorio durante tantos años, que acabó transformada en monasterio. La conversión de Armenia al cristianismo fue probablemente el paso más decisivo de su historia. Alejó al país de su pasado persa y lo marcó, por siglos, con un carácter intrínsecamente cristiano, perceptible tanto para la población nativa como para quienes miraban desde fuera de sus fronteras. Aquella nación había sido largo tiempo disputada entre Roma y Persia, situada entre los dos grandes imperios de la época. Aunque la adopción del cristianismo la acercó más a la cultura religiosa romana, una de sus consecuencias fue que, al sufrir la persecución de la religión zoroastriana de Persia, Armenia se fortaleció como Estado más ferozmente independiente. Pues, mientras el imperio sasánida intentaba imponer el zoroastrismo a sus vecinos, el cristianismo se convirtió en medio de resistencia contra el imperialismo político y cultural persa, lo cual era bien visto por Roma. Sagrada ordenación episcopal
Entretanto, san Gregorio volvió a Cesarea para recibir la ordenación sacerdotal. Allí, el obispo Leoncio de Cesarea no solo le confirió el sacerdocio, sino que lo consagró primer obispo de los armenios a raíz de la restauración del cristianismo. Desde entonces hasta el cisma monofisita, la Iglesia de Armenia dependió de Cesarea, y los primados armenios —llamados catholicoi, y más tarde patriarcas— acudían allí para ser ordenados. Por su parte, san Gregorio consagró a otros obispos en toda Armenia y fijó su residencia en Ashtishat, en la provincia de Taron, donde un antiguo templo pagano fue transformado en su catedral. Esta se convirtió en la “madre de todas las iglesias armenias”. Junto a ella se levantó un monasterio, el Surb Karapet, con santuario en honor de san Juan Bautista, que sería lugar de peregrinación durante dieciséis siglos, hasta su destrucción en 1915. El santo predicaba en la lengua nacional y la empleaba también en la liturgia. Ello contribuyó a dar a la Iglesia Armenia el carácter marcadamente nacional que aún conserva, quizá más que ninguna otra en la cristiandad. Muerte y glorificación Al final de su vida, san Gregorio se retiró al aislamiento de la caverna de Mane, en el noroeste de Armenia, donde vivió como asceta, preparándose para la muerte.
Esta llegó entre los años 325 y 330. Fue sepultado en Tordan, a orillas del río Éufrates, en la provincia occidental de Daranaghik, aunque más tarde sus restos fueron distribuidos como reliquias por diversas iglesias del país. Un monasterio se construyó junto a su tumba. Sus reliquias principales fueron trasladadas después a Constantinopla, pero aparentemente regresaron a Armenia. Parte de ellas habría sido llevada a Nápoles durante las controversias iconoclastas. Desgraciadamente, la Iglesia Armenia, llamada “gregoriana”, no tardó en apartarse tanto de Bizancio como de Roma, convirtiéndose en cismática monofisita, siendo esta la mayoritaria en el país. La Iglesia Uniata Armenia, unida a Roma, quedó reducida a una minoría, y hoy parte de los armenios católicos expatriados llevan su tradición a las naciones donde se establecen, conservando el rito armenio. Tanto los católicos como los cismáticos celebran a san Gregorio, el Iluminador, como su gran santo. Los descendientes de san Gregorio continuaron su obra, especialmente su hijo menor, Aristakés, conocido por su ascetismo, que fue su sucesor en un cargo de carácter hereditario. En dicha calidad participó en el primer Concilio Ecuménico de Nicea, en 325. Al morir en 333, su hermano Vartanés se convirtió en obispo, cargo que pasó luego a su hijo Husik I hacia el año 341. San Gregorio había nombrado a su nieto homónimo, uno de los hijos de Vartanés, encargado de las misiones sagradas entre los pueblos y tribus de todo el Cáucaso y de la Albania caucásica. Este santo fue martirizado por una multitud fanática mientras predicaba en Albania.
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