Jan Frans Verhas, 1894 Felipe Barandiarán Bajo un radiante sol matinal, la procesión recorre la calle principal de este pueblo de la costa flamenca. Es la gran fiesta del verano, su punto de inflexión: la Asunción. La luz incide sobre los largos velos blancos de las cuatro jóvenes que tienen el privilegio de portar las andas de la Virgen y se refracta bañando de claridad su alrededor. Visten una túnica azul, sobre la que brilla una pequeña cruz plateada, a la altura del pecho y, en la cabeza, bajo el velo, una corona de flores. Guantes blancos en sus manos, señal de gran gala. Delante de ellas, abre el cortejo una niña vestida de primera comunión, portando una vela larga, adornada con flores y una cinta, a modo de cruz de guía. A la derecha, con paso sereno y aire recogido, consciente de su importante misión, vemos a un niño con un caballete al hombro, para que descanse la Virgen en las paradas. El empedrado de la calle se ha cubierto con ramas frescas y flores, al igual que en muchas de nuestras ciudades con motivo del Corpus, y como describen los evangelios la entrada de Cristo en Jerusalén. El cortejo continúa con ese pendón del Corazón de Jesús, rojo, con cenefas bordadas y rematado por una gran cruz dorada, que se recorta sobre el nuboso cielo de fondo. Lo acompaña un nutrido grupo de niñas, más pequeñas, también de blanco, acompañadas por una religiosa. Al fondo, agudizando la mirada, reconocemos a un grupo de hombres, con traje oscuro, que llevan en alto la imagen del Sagrado Corazón, con sus resplandores. La procesión se prolonga calle abajo, perdiéndose gradualmente entre los edificios y las figuras que la acompañan. Esa profundidad sugiere que la tradición viene de lejos y continuará más allá de los límites visibles del cuadro, de generación en generación. A los lados, en la acera, pegados a la pared, los vecinos asisten con respeto y devoción. Una abuela, a la izquierda en primer término, le explica todo a la nietecita que lleva de la mano. Encaramado sobre la tapia, asoma la cabeza de un joven, al estilo de Zaqueo. Al fondo, sobre los tejados, se alza la puntiaguda aguja del campanario que apunta hacia el cielo, recordando nuestro destino eterno. Ad te levavi oculos meos…
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