Tema del mes La Virginidad de María

Si en estos últimos siglos la pureza de María en su concepción ha entusiasmado particularmente a los fieles, en los primeros siglos, fue sobre todo su pureza virginal lo que atrajo las miradas de los cristianos. Para ellos, María era ante todo, y seguirá siendo siempre, la Madre Virgen. La creencia constante de la Iglesia es que María fue virgen antes, durante y después del parto,
“ante partum, in partu, post partum”.

Émile Neubert S.M.

I - La virginidad antes del parto

La virginidad antes del parto o en la concepción de Jesús está explicada en el Evangelio. Virgen en el momento de la venida del arcángel Gabriel, María continuó virgen al pasar a ser Madre de Dios. Porque Ella concibió al Hijo de Dios sin ninguna cooperación humana: San José no fue más que el guardián providencial y el testigo de su virginidad. Fue el Espíritu Santo quien la fecundó, por un milagro de la omnipotencia de Aquel para quien
“nada hay imposible”.

Virgen del Amparo, Roque de Balduque, s. XVI. Madera policromada, iglesia de la Magdalena, Sevilla.

La virginidad ante partum fue explícitamente revelada a los primeros cristianos. Desde muy pronto, verosímilmente desde que reconocieron que Jesús crucificado y resucitado era el Hijo del Dios eterno, debieron experimentar la curiosidad de saber cuál había sido su origen humano. Se interrogó a los que vivían o habían vivido en la intimidad de María o de José, quizá a la misma María, y se conoció la historia maravillosa de la concepción sobrenatural. Esta se encuentra consignada, con todas las circunstancias concomitantes, en dos Evangelios —los de san Mateo y san Lucas— cuyos relatos son absolutamente independientes.1

Los primeros cristianos debieron encontrar esta revelación muy natural, viendo en ella como un corolario muy lógico de la divinidad de Jesús. Además, recordaban que una predicción del más grande de los profetas mesiánicos la había anunciado. “He aquí —había dicho Isaías— que la Virgen concebirá y dará a luz un Hijo y se llamará Emmanuel (Dios con nosotros) (Is 7, 14).

Sin duda, por el honor de su Madre, Dios no quiso dejar a los fieles expuestos, sobre este punto, a las dudas y a las perplejidades que hace nacer una revelación puramente implícita ni permitir que siquiera la sombra de una duda rozase su espíritu en materia tan delicada.

El trabajo de la Tradición: refutación de herejes

Las generaciones siguientes no necesitaron, pues, dar forma explícita a una creencia tan clara desde su origen. Tuvieron, sin embargo, que defenderla contra ciertos herejes, tales como los cerintianos y los ebionitas, que rechazaban la divinidad de Jesucristo y lógicamente atribuían a Jesús un nacimiento ordinario. Las afirmaciones de la ortodoxia tuvieron por efecto natural poner más de relieve la virginidad de María y, también como consecuencia, su pureza, su santidad y su papel en nuestra redención.

El artículo del Credo: “natus ex Maria virgine”

Desde su iniciación en la fe cristiana, los catecúmenos aprendían a conocer este privilegio de la Madre de Cristo aprendiendo a recitar el Símbolo de los Apóstoles. Porque este último, bajo sus diversas formas según las diversas iglesias, contenía invariablemente el artículo: Creo en Jesucristo, nacido de María “virgen”. Pronto la palabra “virgen” llegó a ser como el nombre propio de la Madre de Jesús, y fue empleada hasta con más frecuencia que su nombre de María.

La virginidad de María y la divinidad de Jesús

¿Por qué hacía falta que María concibiese su Hijo virginalmente? En primer lugar a causa de la misma divinidad de este Hijo. Creyentes y no creyentes han sentido siempre instintivamente que un hombre-Dios debía nacer de un modo distinto a un puro hombre; que, por muy semejante a nosotros que sea por su humanidad, Jesús debía, si era Dios, tener un origen temporal, en cierto modo, divino. Los Padre repiten a porfía: “Dios no podía nacer sino de una virgen, y de una virgen no podía nacer más que un Dios”.

Teóricamente, Dios habría podido nacer de un padre y de una madre, por su humanidad: no vemos qué habría podido impedir al Todopoderoso contraer una unión hipostática con una naturaleza humana así formada. Pero prácticamente, sin su origen virginal, habría existido gran riesgo de que la divinidad de Jesús no hubiese sido reconocida. La historia de los herejes, desde los ebionitas del primer siglo hasta los modernistas del XX, enseña que todos los adversarios de la virginidad de María han sido igualmente los adversarios de la divinidad de Jesús, y que todos los que se han aplicado a mantener la virginidad de la Madre, lo han hecho, principalmente, porque presentían que, defendiéndola, defendían la divinidad del Hijo. La correlación entre la virginidad de María y la divinidad de Jesús no es, quizá, estrictamente lógica; pero es profundamente psicológica.

La virginidad de María y la pureza de Jesús

Entre los atributos de la divinidad, la pureza es, sobre todo, el que reclamaba este origen virginal. El matrimonio, en verdad, es puro en sí mismo; pero, por efecto de nuestra naturaleza corrompida, una cierta impresión de desorden se mezcla como que instintivamente a la idea de su uso. Aun descartando esta impresión, siempre tenemos que, por encima de la pureza matrimonial —la pureza terrenal— brilla, con un brillo incomparablemente más radiante y al mismo tiempo más delicado, con un brillo celestial, por así decirlo, la pureza virginal. Pues bien, al Dios de pureza infinita, le era necesaria, para su humanidad, la pureza más perfecta que pudiese concebirse.

Y esto tanto más imperiosamente cuanto que Jesús iba a traer al mundo asombrado la nueva doctrina de la virginidad. ¿Cuántos hombres habían podido, hasta entonces, observar solamente la castidad conyugal? Y he aquí que Jesús venía a proponer al mundo el ideal de una castidad absoluta. Ciertamente, el pensamiento de que Jesucristo había querido nacer de una Virgen debió de contribuir poderosamente a hacer comprender y estimar mejor por sus discípulos sus enseñanzas sobre la virginidad. La impresión de pureza perfecta se desprende instintivamente del pensamiento de Jesús, que ha llevado a tantas almas amantes a abandonar todo amor terrestre para poseerlo enteramente y que les ha hecho decir, como a santa Inés: “Yo soy prometida de Jesucristo cuya cámara nupcial voy a compartir; cuya Madre es virgen, cuyo Padre no conoce mujer… Cuando lo he amado, soy casta; cuando lo he tocado, soy pura; cuando lo he recibido, soy virgen”. Esta impresión, ¿no resulta, al menos en parte, del recuerdo de la concepción virginal? ¿Sería tan delicada, tan fuerte, tan eficaz, si supiéramos que Jesús nació según las leyes comunes del matrimonio, en lugar de ser el fruto virginal de María?

La virginidad de María y su perfección

Razones análogas por parte de María postulaban la concepción virginal. El que se complace en medio de las vírgenes, ¿podía excluir de su compañía preferida a esta Madre que Él amaba más que a todas las vírgenes reunidas? El la quería superior a todas las criaturas: sin la concepción virginal, ella habría sido inferior, en el terreno de la pureza, a las vírgenes cristianas.

La virginidad de María y su maternidad espiritual

Al venir a ser Madre de Jesús, María vino a ser también nuestra Madre. Madre, debía ser capaz de socorrer a sus hijos en sus necesidades y sus peligros. Pero, ¿quién no sabe que, de todos los peligros que les amenazan, el más fatal para el mayor número de ellos, son las tentaciones impuras? Pues bien, el pensamiento de la virginidad de María es precisamente lo que nos ayuda tan eficazmente a rechazarlas. La experiencia demuestra que el recuerdo de la Virgen nos hace inmediatamente adquirir confianza en medio de nuestras tentaciones, y con frecuencia, hasta es suficiente para hacer que se desvanezca toda solicitación malsana. Porque la imagen de la que es tan pura nos hace amar la pureza y despreciar todo lo que es bajo, al mismo tiempo que sentimos que la Purísima nos obtendrá fácilmente de Dios la gracia de asemejarnos a Ella.

 

II - La virginidad en el parto

Del mismo modo que María concibió a su Hijo de una manera totalmente pura, fue también de una manera totalmente pura como lo dio a luz, y no habiendo conocido el pecado de Eva, no conoció tampoco su maldición, porque concibió sin concupiscencia y alumbró sin dolor; el Hijo de Dios, al nacer de Ella, no rompió el sello de su virginidad, sino que consagró su pureza virginal y de inviolada la convirtió en inviolable. Tal es la creencia en la virginidad en el parto.

Virgen del Perpetuo Socorro, ícono cretense, s. X-XI. Temple sobre madera, iglesia de S. Alfonso del Esquilino (dedicada al fundador de los redentoristas), Roma.

He aquí como se expresa a este propósito, el Catecismo del Concilio de Trento: “Si la concepción del Salvador está por encima de todas las leyes de la naturaleza, su nacimiento no lo está menos; es divina. Y lo que es absolutamente prodigioso, lo que sobrepasa todo pensamiento y toda palabra, es que Él nació de su Madre sin ocasionar el menor menoscabo a su virginidad. Igual que, más tarde, salió de su sepulcro sin romper el sello que lo tenía encerrado; lo mismo que entró, con las puertas cerradas, en la casa donde se hallaban sus discípulos; igual, también —para buscar las comparaciones con los fenómenos ordinarios— que los rayos del sol atraviesan el cristal sin romperlo ni mancharlo; así, pero de una manera mucho más maravillosa, Jesucristo salió del seno de su Madre sin herir de ningún modo su virginidad. Tenemos, pues, motivo bien fundado para honrar en Ella una virginidad perpetua y una integridad perfecta. Este privilegio
inaudito fue obra del Espíritu Santo, que la asistió de tal modo en la concepción y en el alumbramiento de su Hijo, que le comunicó la fecundidad de la Madre conservando en ella la integridad de la Virgen”
.

El concepto primitivo: revelación sin duda explícita

Se puede afirmar con bastante verosimilitud que la virginidad in partu fue revelada a los primeros cristianos al mismo tiempo que la virginidad ante partum. Cuando para satisfacer su piadosa curiosidad con respecto al origen humano de Jesucristo, María o los que Ella había puesto al corriente de su secreto les hicieron saber la concepción milagrosa del Salvador, debieron de contarles al mismo tiempo su nacimiento no menos milagroso. Casi no se comprendería, sin esta revelación la unanimidad con que la virginidad en el parto es afirmada desde los primeros siglos. Esta unanimidad no se explicaría solamente por la difusión del Libro de Santiago, apócrifo del siglo II, que menciona expresamente el nacimiento virginal, porque la creencia en cuestión es admitida por los mismos que parecen haber ignorado la existencia de este libro o que lo han tratado de fábula.

Los Evangelios, es verdad, no mencionan en términos formales la virginidad en el parto, pero no habría la misma razón dogmática para hacerlo que para la virginidad antes del parto. Por lo demás, san Lucas, al relatar que María “dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre” (Lc 2, 7), le atribuye una actitud que se armoniza mucho mejor con nuestra creencia que con la situación de una mujer agotada por los dolores y las debilidades de un primer parto.

De todos modos, aún suponiendo que el hecho hubiera llegado al conocimiento general poco a poco, todos estaban preparados para admitirlo. Es que, en primer lugar, la concepción de Jesús y su alumbramiento no constituían más que dos momentos de un mismo acto: el origen humano de Jesús. Este origen era milagrosamente puro en el primer momento; debía serlo también en el segundo. En este caso, más que en otro alguno, es donde habría lugar para considerar los favores divinos en su más amplia acepción y de suponer que Dios habría obrado liberalmente.

Por otra parte, las palabras mismas del profeta que había predicho la concepción virginal, ¿no habían anunciado también un alumbramiento virginal?: “He aquí que la Virgen concebirá y parirá un Hijo”.

El trabajo de la Tradición: Esta virginidad puesta más de relieve

Las generaciones siguientes no tuvieron pues, probablemente, que expresar explícitamente la creencia en la virginidad en el parto y pudieron contentarse con transmitirla tal como ellos la habían recibido. En todo caso, ellos la profesaron unánimemente y bajo una gran variedad de formas: alusiones, afirmaciones, explicaciones, comparaciones, pruebas y figuras. Pronto, esta creencia había de acompañar casi siempre la mención de la creencia en la virginidad antes del parto. Se la había de cantar, introducir en el oficio litúrgico; el Papa Martín I había de hacerla entrar en una definición dogmática en el Concilio de Letrán de 649, a propósito de la condenación de los monotelitas: “Si alguien —declara— no confiesa, siguiendo a los Padres, que la santa, siempre virgen e inmaculada María es propia y verdaderamente Madre de Dios, puesto que ella concibió sin semilla por obra del Espíritu Santo … al Verbo de Dios … y lo ha parido sin corrupción, quedando su virginidad indisoluble, aún después del parto, ¡que sea anatema!”.2 El Concilio de Trento lo enseña igualmente al condenar los errores de los unitarios.3 Un gran número de nuestros himnos y plegarias a María mencionan este privilegio; el prefacio de todas las fiestas de la Virgen lo canta; el oficio de la Circuncisión y de la víspera de la Epifanía lo celebra varias veces.

Armonías de la virginidad en el parto

Las conveniencias de la virginidad en el parto son aproximadamente las mismas que las de la virginidad antes del parto, de la que no es más que el remate.

Del lado de Jesús, convenía mejor a su divinidad y a su pureza infinita, y mostraba el valor que Él concedía a la virginidad.

Del lado de María, era más digno de una Madre de Dios, de una criatura superior a todas las otras criaturas, de la Mujer llamada a ser el ideal de la pureza y la protectora de sus hijos en sus tentaciones y sus luchas.

En cierto sentido, la virginidad en el parto muestra mejor todavía que la virginidad antes del parto la estima en que Jesús tiene la pureza virginal; sobre todo, muestra la infinita delicadeza de su amor hacia su Madre, puesto que, por este milagro, conservaba en ella no solo lo que significa la esencia de la virginidad sino hasta lo que no constituye más que la perfección material. Esto era, para los primeros cristianos, una evidente prueba de hecho de lo que ellos presentían más o menos oscuramente, a saber: que Jesús quería a su Madre tan perfecta en todos los aspectos incluso en su cuerpo, como pueda serlo una criatura humana, aunque para ello fuese necesario un milagro inaudito; era también una indicación, en la que habían de inspirarse cuando afirmaron la incorruptibilidad de este cuerpo y su gloriosa asunción. Es un motivo de admiración y alegría para todas las generaciones, una invitación también para ir lo más lejos posible, siguiendo las huellas de Jesús, en la veneración de su Madre.

 

III - La virginidad después del parto

Por virginidad después del parto o virginidad perpetua, se entiende el hecho de que, virgen en la concepción y alumbramiento de Jesús, María continuó virgen hasta el fin de su vida, y no dio, pues, la luz a otros hijos más que a Jesús.

Virgen de la Natividad, Juan Tomás Tuyro Túpac, c. 1699 – Escultura en madera policromada, iglesia de Nuestra Señora de la Almudena, Cusco

La virginidad perpetua de María debió de ser conocida claramente por muchos de entre los primeros cristianos. No era difícil para los discípulos de Galilea y de Judea informarse sobre la parentela del Señor —seguramente que a ello les impulsaría una piadosa curiosidad— y saber que María no había tenido nunca más que un solo Hijo, Jesús. En cuanto a los cristianos de fuera de Palestina, algunos de ellos debieron de preguntar sobre este punto a los apóstoles o a los discípulos llegados de Palestina, y ser por ellos puestos al corriente del hecho. También la más antigua tradición es unánime sobre esta doctrina.

La virginidad perpetua, es verdad, no es explícitamente referida en el Evangelio; pero eso no prueba que no haya explícitamente sido conocida por los cristianos de entonces. No había razón para hacer una mención formal, siendo tan patente el hecho y no ofreciendo, por lo demás, nada de milagroso.

Explicación de ciertos términos de la Sagrada Escritura que parecen excluirla

Por otra parte, la virginidad después del parto puede deducirse indirectamente, pero con certeza, de los datos evangélicos. Pero, antes de examinar estas pruebas conviene explicar ciertos términos del Nuevo Testamento, que, separados de su contexto, o interpretados, no en función de la lengua hebraica, sino según nuestras lenguas clásicas, parecen no armonizar con la creencia de la virginidad perpetua.

San Lucas contando el nacimiento de Jesús, se expresa así: “Y dio a luz a su hijo primogénito” (2, 7). Primogénito: luego le nacieron otros hijos después de Jesús. —De ningún modo: en la Sagrada Escritura, las palabras “hijo primogénito” designan un hijo nacido antes que otro alguno; no suponen necesariamente que otros hijos hayan nacido después de él. Estas palabras, en efecto, están tomadas del texto de Moisés que prescribe que todo hijo primogénito sea presentado al Señor cuarenta días después de su nacimiento. Pero cuarenta días después del nacimiento de un hijo es imposible saber si nacerán otros hijos todavía. Luego primogénito no puede querer decir más que nacido antes que otro alguno. San Lucas emplea esta expresión en el texto citado, precisamente en este sentido, porque su intención es preparar al lector a la presentación de Jesús en el Templo conforme a la ley de Moisés sobre los primogénitos.4

 

Según san Mateo, María se encontró encinta antes de que ella y José hubiesen estado juntos. Luego estuvieron juntos después de que ella hubo alumbrado a Jesús. Más lejos, hace notar que José no conoció a María hasta que ella hubo alumbrado a su Hijo (1, 18, 25). Por consecuencia él la conoció después de su alumbramiento. —Aquí la Escritura quiere expresar simplemente lo que tuvo lugar antes del nacimiento de Jesús: de lo que ocurrió después, no se ocupa, porque eso está fuera de su perspectiva. Igualmente, cuando nosotros afirmamos que, desde su concepción hasta su muerte, María no cometió jamás la menor imperfección; o que su cuerpo se reunió con su alma antes de que la corrupción del sepulcro la tocase, no queremos insinuar que ella cometiese imperfecciones después de su muerte o que la corrupción tocó su cuerpo después de que fue reunido con su alma.5

Otra expresión que puede, en el primer momento, parecer más desconcertante, es la de los hermanos y hermanas del Señor, que encontramos varias veces en el Nuevo Testamento. Pero esta expresión, como las otras, tampoco puede servir de argumento serio contra la virginidad perpetua de María. En efecto, las palabras “hermano” y “hermana” son empleadas muy libremente en hebreo para designar no solamente los hijos del mismo padre y misma madre, sino toda clase de parientes: sobrinos y sobrinas, tíos y tías, cuñados y cuñadas, primos y primas, etc., porque las palabras precisas destinadas a designar estos diferentes grados de parentesco faltan en la lengua hebrea. Los “hermanos del Señor” podían, pues, ser unos parientes cualesquiera de Jesús. Más adelante veremos que eran sus primos hermanos. Es cierto que el Nuevo Testamento fue escrito en griego, y que esta lengua posee palabras especiales para señalar las diferentes relaciones de parentesco. Pero el título de “hermanos del Señor” era, evidentemente una locución consagrada entre los judíos convertidos, y los evangelistas la tradujeron literalmente.

Estas diversas expresiones son, pues, de un valor nulo contra la afirmación de la virginidad post partum. Por otra parte, como hemos dicho antes, otros textos permiten establecerla de modo conveniente.

Solo Jesús es designado como hijo de María

En primer lugar, el Nuevo Testamento, que designa con frecuencia a Jesús como Hijo de María, en términos formales o equivalentes, no aplica este nombre más que a Él solo. Jamás nombra de este modo a los hermanos del Señor. En san Marcos (6, 3), los nazarenos preguntan: “Este ¿no es el hijo de María?”. No dicen: “¿No es hijo de María?” sino “el hijo de María”, como si no conocieran otros hijos de María. El texto es tanto más significativo cuanto que en griego el artículo determinado no se pone delante de un sustantivo atributo más que para expresar que este presenta algo único en su género.

Los “hermanos del Señor” verosímilmente son sus primos

San Mateo y san Marcos nos indican los nombres de los hermanos del Señor al mencionar el asombro de los habitantes de Nazaret, cuando Jesús predicó entre ellos.

Otros pasajes de los Evangelios relativos a la Crucifixión y a la Resurrección de Jesús nos permiten identificar por lo menos a la madre de estos hermanos.

Se nota en primer lugar que Mateo y Marcos mencionan como presente en el Calvario a cierta María, madre de Santiago y de José, es decir, de los hombres que llevan los mismos nombres que los primeros de los hermanos del Señor que estos evangelistas nombran antes. Esta María es, evidentemente, diferente de la Virgen Santísima, de otro modo los narradores la habrían designado como la madre de Jesús. San Lucas llama a esta mujer simplemente madre de Santiago (24, 10), y san Marcos hace lo mismo en el relato de la resurrección (16, 1). Santiago y José —Santiago sobre todo—, debían de ser personajes bien conocidos de los primeros cristianos, para que su solo nombre fuese suficiente para distinguir a su madre. Conocemos dos Santiagos célebres: Santiago, hijo de Zebedeo y hermano de Juan, y Santiago “hermano del Señor”, el primer obispo de Jerusalén, que desempeñó un papel tan importante en la Iglesia primitiva al lado de Pedro y de Pablo. La mujer en cuestión no era la madre del primer Santiago, puesto que esta se llamaba Salomé y es mencionada como presente en el Calvario al lado del segundo Santiago (Mt 27, 56; Mc 15, 40). Queda, pues, que era madre del segundo Santiago, del “hermano del Señor” (Gal 1, 19). Luego Santiago y José, los dos primeros entre los que se llamaban “hermanos del Señor”, no eran hijos de la Virgen Santísima. Los dos últimos no lo eran, seguramente, tampoco, pues de otro modo, habrían sido citados por delante de los otros dos. Por lo demás, el segundo de ellos, Judas, se define a sí mismo, al comienzo de su epístola católica, como hermano de Santiago y siervo de Jesucristo (1, 1).

Virgen del Milagro, Natale Carta, 1842 – Óleo sobre lienzo, basílica de Sant’Andrea delle Fratte, Roma. Representa la aparición mariana del 20 de enero de 1842, que provocó la conversión de Alfonso de Ratisbona.

Entre las mujeres que se encontraban al pie de la cruz, san Juan señala a la hermana de la madre de Jesús, María de Cleofás, pero no nombra a la madre de Santiago. Esta María de Cleofás, ¿no será, precisamente, la que los otros evangelistas llaman María la madre de Santiago y Juan? Hermana —o cuñada— de la Virgen, se comprendería por qué sus hijos serían llamados hermanos del Señor, puesto que serían sus primos. Más adelante veremos que el historiador Hegesipo confirma esta hipótesis.

María confiada a Juan y su propio testimonio

Además, sabemos por san Juan que María le fue confiada por el Señor al morir y que de allí en adelante la tuvo en su casa (19, 25-27). Esta donación habría sido extraña si la madre de Jesús hubiera tenido otros hijos, de los que su Hijo la hubiese separado para confiarla a un extraño. Solo se comprende en el caso de que, por su muerte, la dejase sola en la tierra.

Por otra parte, el testimonio de María misma nos es garantía de su perpetua virginidad. Al ángel que le anuncia que será Madre del Mesías, ella menciona su resolución de continuar virgen: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”. Y es informada de que, por un milagro, Dios conservará intacta su virginidad. Así, pues, si ella aún antes de ser Madre de Dios había resuelto permanecer virgen, ¿es concebible que hubiese violado su resolución después de que Dios, por un milagro tan sorprendente, hubo consagrado su virginidad y elegido su carne para ser la carne purísima del Verbo encarnado?

*     *     *

La obra de la Tradición relativa a la virginidad perpetua de María debe ser examinada bajo un doble aspecto: con referencia a la afirmación misma de la virginidad perpetua; y, con referencia a la solución de la dificultad creada por la mención de los “hermanos del Señor”.

1. Jesús Hijo único de María

Con respecto a la afirmación de la virginidad perpetua, la Tradición ha sido explícita y unánime en la Iglesia católica desde sus orígenes. Solamente algunos espíritus extraviados, condenados por la Iglesia, han enseñado lo contrario.

En cuanto al objeto de esta afirmación, no ha habido progreso. Lo ha habido, sin embargo, respecto a la frecuencia y por decirlo así, a la vehemencia de esta afirmación. Bien pronto, en efecto, como consecuencia del entusiasmo creciente por la práctica de la castidad virginal y por el culto de la Virgen María, la perpetuidad de su virginidad fue mencionada casi cada vez que se mencionaba la virginidad misma; se creó para designarla una nueva expresión: María no era ya solamente la Virgen, sino la siempre Virgen. Por otra parte, las blasfemias de los detractores de la virginidad de María provocaron las más indignadas refutaciones de parte de los Padres y de la Santa Sede. La virginidad perpetua de María ha sido incorporada en varias definiciones dogmáticas y en gran número de símbolos o de profesiones de fe.6

2. La cuestión de los “hermanos del Señor”

En cuanto a la solución de la segunda cuestión, la de los “hermanos del Señor”, se produjo durante algún tiempo un cierto titubeo, en la tradición. De que estos “hermanos del Señor” no eran hijos de María, nadie lo dudaba. ¿Pero quiénes eran?

Entre los escritores palestinenses de las primeras generaciones, la cuestión no presentaba dificultades: veían en ellos parientes próximos de Jesús, según la significación aramea de la palabra hermano, que les era conocida. Por lo demás, uno de ellos, Hegesipo de Jerusalén, que hizo estudios especiales sobre la parentela del Señor, nos informa que Cleofás era hermano de san José. Esto explica cómo su mujer, María, era hermana, es decir, cuñada 7 de la Santísima Virgen, y como los hijos de esta María eran hermanos del Señor, es decir, sus primos. A propósito de uno de estos últimos, Simón o Simeón, Hegesipo menciona expresamente que era, como Santiago, primo del Señor.

Pero para los cristianos helenizantes —y pronto habrían de ser la inmensa mayoría— el caso ofrecía alguna dificultad. La lengua griega se sirve de una palabra especial para designar los primos, y la palabra hermano tiene el mismo sentido restringido que le dan nuestras lenguas modernas, Según eso, ¿cómo explicar la presencia de esos hermanos del Señor? Puesto que no eran hijos de María, solo una solución parecería posible: debían de ser hijos de José, nacidos de un primer matrimonio. El Protoevangelio de Santiago inventó o llegó a esta interpretación y la hizo adoptar por casi todos durante los siglos II y III. Todavía está admitida en la Iglesia griega.

Mas he aquí que en el siglo IV, un monje infiel, demasiado cobarde para soportar el yugo del celibato, Helvidio, se puso a exaltar el matrimonio a costa de la virginidad y, para apuntalar su tesis, enseñó que después del nacimiento de Jesús, María había dado a luz otros hijos, los “hermanos del Señor”. Mejor no lo hubiera hecho. El panegirista entusiasta de la vida virginal, el exégeta sin igual de los tiempos antiguos, el fogoso Jerónimo, tomó la pluma y le respondió. Bajo sus argumentos, de una fuerza invencible y de una elocuencia despiadada, aplastó y redujo a la nada las argucias y la reputación del monje imprudente, y estableció victoriosamente que, no solamente María había permanecido siempre virgen, sino que José igualmente había practicado la virginidad, y que los hermanos del Señor eran en realidad los primos de Jesús. Este punto de vista ha prevalecido desde entonces en toda la Iglesia latina.

En resumen:

1. Solo a Jesús se le presenta, en el Nuevo Testamento, como hijo de María.

2. La expresión “hermanos del Señor” puede designar unos parientes cualesquiera de Jesús.

3. Los más ilustres de entre estos “ hermanos del Señor”, sobre los que se posee indicaciones de parentesco, tienen, claramente, otra madre que no es la Santísima Virgen.

4. Esta madre parece ser la hermana de la Virgen, mujer del hermano de san José. Los “hermanos del Señor” serían, pues, los primos hermanos de Jesús.

5. La tradición católica, aunque dudando durante algún tiempo sobre la identidad de los “hermanos del Señor”, ha sido constante en la afirmación de la virginidad perpetua de María.

La virginidad post partum completa la virginidad ante partum y la virginidad in partu y es, como ellas, exigida por la dignidad y la pureza de Jesús y de María Santísima.

La dignidad de Jesús y de María

El respeto para la persona de Jesús exige que el vaso sagrado que ha contenido el cuerpo o la sangre de Jesucristo no vuelva a ser empleado nunca para uso profano. Y este vaso incomparablemente más sagrado que cualquier copón o cáliz de oro, el seno de María, vaso preparado por el mismo Espíritu Santo, vaso viviente que no solamente ha contenido el cuerpo de Jesucristo sino que, de su propia sustancia, lo ha provisto de su carne y su sangre, vaso tan puro que el mismo Hijo de Dios ha respetado hasta el punto de conservarlo milagrosamente intacto en su concepción y en su nacimiento, ¡este vaso de una santidad inefable habría servido más tarde para concepciones y pastos de hombres pecadores!

Ya, en la antigüedad, el Papa Siricio (384-399) decía, a propósito de Bonosio, detractor de la virginidad perpetua: “La conciencia cristiana retrocede con horror ante el pensamiento de que del mismo seno virginal del que nació Jesucristo, según la carne, hayan salido otros hijos”.8

La doctrina de Jesús sobre la pureza virginal

Si algunos cristianos han podido dejarse llevar por una suposición tal, ha sido siempre por antipatía contra la doctrina de Jesús relativa a la superioridad de la virginidad sobre el matrimonio. Esto es lo que demuestra la historia de Helvidio y de Bonosio en la antigüedad, así como la de los protestantes modernos. Si estos últimos se esfuerzan tanto por debilitar los argumentos en favor de la virginidad perpetua de María es porque —ellos lo saben bien—, en la Madre de Jesucristo, la virginidad perpetua es algo más que un hecho singular, tiene el valor de una doctrina, y de una doctrina que ellos no quieren aceptar. Tienen, pues, que llegar a toda costa a negar esta virginidad.

La santidad de María

La Virgen, Lorenzo Monaco, 1400 – Témpera sobre panel, Rijksmuseum (Museo Nacional de Ámsterdam)

Y ellos conocen otra cosa más: que si María ha sacrificado voluntariamente su virginidad después del alumbramiento de Jesús, no ha sido más que una mujer vulgar y toda la devoción de los católicos se derrumba por la base. Por eso para ciertos protestantes es neceSsario que María no haya sido más que una mujer corriente; y por eso se arrojan sobre cualquier palabra, sobre cualquier hipótesis, susceptibles de ser interpretadas en un sentido desfavorable para la virginidad perpetua. Es curioso observar como, algunos de ellos, después de haber, con mucho celo y ciencia, defendido contra sus correligionarios racionalistas el artículo del símbolo: natus ex Maria virgine, se han esforzado, como para excusarse de esta ortodoxia marial, en probar que la Madre de Jesús había perdido su virginidad después del parto del Hijo único de Dios. ¡Extraña actitud! ¿Se han preguntado alguna vez qué es lo que les impulsa a encarnizarse contra la reputación de María? ¿Por qué necesitan, cueste lo que cueste, que el Hijo de Dios haya tenido mucho menos amor filial para su Madre del que nosotros habríamos tenido, y no haya comprendido que le convenía elegirse una Madre digna de Él?

Bien diferente es la actitud de los católicos. Ellos estiman con todas las facultades de su alma este privilegio de la Madre de Jesús. La mayor parte de ellos no son “capaces de comprender” que “es mejor no casarse”. Muchos ni siquiera comprenden prácticamente que no pueden ser verdaderos discípulos de Jesucristo si no es con la condición de observar la castidad de su estado. Pero todos ellos comprenden que María fue virgen hasta el fin de su vida; y todos, hasta los menos fervientes, se rebelan a la sola idea de que puede ponerse en duda esta prerrogativa de la Madre de Jesús.

El triunfo de la virginidad

A medida que ha progresado la doctrina mariológica, los fieles han podido admirar otras prerrogativas de la Madre de Jesús. Pero su virginidad ha sido siempre, para ellos, uno de sus grandes privilegios. “La Virgen”, o “la Virgen Santa”, o la “Santísima Virgen”, es siempre como les agrada designarla. En una de las más populares plegarias a María, las letanías de Loreto, más de una cuarta parte de las invocaciones recuerdan su pureza virginal, y esta es pureza celebrada a porfía en los cánticos más dulces. Inviolata, integra et casta es, María.

María no solamente es virgen, es la Virgen de las vírgenes. Ya antes de la concepción de Jesús, su virginidad era incomparablemente superior a cualquier otra virginidad. A partir de la Encarnación, Ella fue una virginidad absolutamente única: una virginidad milagrosa, una virginidad fecunda, y fecunda de un Dios.

Por amor a la pureza virginal, María había renunciado a los goces de la maternidad. Pues bien, a causa misma de esta virginidad, Ella conoció los goces de una maternidad que debía superar infinitamente a toda otra Maternidad: Virgen, Ella fue Madre de Dios y Madre de una innumerable multitud de hijos de Dios. 9

 

Notas.-

1. Es verdad que los racionalistas y un cierto número de protestantes actuales rechazan los testimonios de san Mateo y de san Lucas, con el pretexto de que sus relatos no están de acuerdo entre ellos. Pero la verdadera razón para no admitir la concepción virginal de Jesús, es la actitud de aquellos opositores respecto a su divinidad y todo lo que presenta un carácter sobrenatural. Las diferencias aparentes entre ambos relatos se explican plenamente por la diferencia de punto de vista de los dos evangelistas. De hecho, todos los que admiten la filiación divina de Nuestro Señor y la posibilidad del milagro admiten también la concepción virginal.
2. Denzinger, 256.
3. Ibid., 993.
4. La misma palabra se encuentra en san Mateo 1, 25; pero los manuscritos más seguros no la tienen y parece que no está ahí más que como una glosa tomada de san Lucas. Por lo demás, ¿no se dice conscientemente, aún en nuestros días, que tal mujer acaba de tener su primer hijo, que tal otra ha muerto al dar a la luz a su primogénito?
5. Por lo demás, la expresión “estar juntos” no designa probablemente más que el hecho de habitar en la misma casa, lo que era la señal propia del matrimonio.
6. Concilio de Constantinopla (553), de Letrán (649); profesiones de fe de León IX, del 4º Concilio de Letrán (1215), concilio de Lyon (1274), etc.
7. No sería verosímil que el mismo nombre “María” se hubiese dado a dos hermanas en vida.
8. Denzinger, 91.
9. Émile Neubert S.M., María en el Dogma, Ediciones Paulinas, Zalla (Vizcaya), 1955, p. 176-196.

“Solo el ateísmo comunista ha sido capaz de blasfemar contra la Madre de Dios” ¿Puedo o no puedo casarme con una joven evangélica? Antes de eso, ¿ella tendría que convertirse al catolicismo?
¿Puedo o no puedo casarme con una joven evangélica? Antes de eso, ¿ella tendría que convertirse al catolicismo?
“Solo el ateísmo comunista ha sido capaz de blasfemar contra la Madre de Dios”



Tesoros de la Fe N° dummy



Palabras del Director Nº 293 – Mayo de 2026 “Solo el ateísmo comunista ha sido capaz de blasfemar contra la Madre de Dios” La Virginidad de María ¿Puedo o no puedo casarme con una joven evangélica? Antes de eso, ¿ella tendría que convertirse al catolicismo? Retablo de María Auxiliadora



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