|
PREGUNTA Poco después de la masacre en una escuela católica de Mineápolis, hablando con una vecina, le comenté que me había dejado perpleja el hecho de que el criminal transexual hubiera sido alumno de la escuela y que su madre, antigua secretaria de la parroquia, hubiera tramitado su cambio de sexo en los registros públicos. Ella respondió que no veía ningún problema, pues si el agresor sufría de “incongruencia de género”, lo mejor era que asumiera su nueva identidad lo antes posible. Le dije que eso contradecía las Sagradas Escrituras, que afirman que Dios creó al hombre y a la mujer. Pero ella contestó que esa era una postura anticuada y mencionó que, en Brasil, tras la primera sentencia judicial que ordenó el cambio de nombre legal de un menor, sus padres también habían conseguido el cambio de sexo en el registro de bautismo. Me pareció inverosímil, investigué y encontré una noticia de la BBC que confirmaba el caso. El padre le habría dicho a la periodista que la justicia tardó tres años en dar el veredicto, mientras que en la Iglesia solo fueron necesarios dos meses: se envió la solicitud a la diócesis y el obispo la firmó. Esto me inquietó mucho y quiero saber si la Iglesia ha cambiado de postura. RESPUESTA
La lectora puede mantener la calma: la Iglesia Católica no ha cambiado, ni podría cambiar su postura con respecto a la transexualidad. Aceptar la consecuencia extrema de la llamada “ideología de género” —el intento de cambiar el sexo— equivaldría a aprobar tres aberraciones. Primero, una aberración biológica: una mujer no puede tener el cuerpo de un hombre y viceversa. Segundo, una aberración antropológica: en el ser humano, el alma y el cuerpo no están yuxtapuestos, sino que forman una unidad necesariamente sexuada conforme a la realidad biológica. Tercero, una aberración teológica: como afirma la Escritura: “Creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” (Gn 1, 27). Cuando en 2011 escribí el folleto Hombre y mujer Dios los creó: las relaciones homosexuales a la luz de la doctrina católica, de la ley natural y de la ciencia médica, no traté el tema de la transexualidad, que entonces me parecía un fenómeno marginal, para no desviar la atención del tema central. El tiempo demostró que pequé de optimista: el transexualismo se difundió y se convirtió en un tema candente, sobre todo cuando hombres que se declaran mujeres comenzaron a ganar competencias femeninas y a reclamar acceso a los camerinos de las mujeres. Como soy sacerdote y no médico, y dado que la aberración biológica del transexualismo es evidente (por más mutilaciones quirúrgicas o tratamientos hormonales que se realicen, cada célula del cuerpo seguirá teniendo genes XY o XX), no trataré este punto, sino de la cuestión antropológico-filosófica y la cuestión teológica. Para la Iglesia, el cuerpo es parte de la esencia del ser humano Los defensores del transgénero argumentan que la “identidad de género” de una persona como hombre o mujer no tiene por qué coincidir con su sexo biológico. Si alguien siente una “incongruencia” entre su autopercepción psicológica y su cuerpo —“disforia de género”—, debería poder armonizarse adecuando su cuerpo a la identidad deseada. Esta postura retoma un antiguo dualismo, presente en Platón y dominante en las filosofías modernas desde Descartes: el llamado “dualismo cartesiano”. Según el cual la persona se divide entre sustancia mental (res cogitans, el alma) y sustancia corpórea (res extensa, el cuerpo). La sustancia pensante definiría a la persona: “pienso, luego existo”; el cuerpo sería un accidente, una máquina en la que el alma habita como un fantasma, el “fantasma en la máquina”, en la célebre caricaturización del filósofo inglés Gilbert Ryle. Por el contrario, siguiendo la estela de Aristóteles, santo Tomás de Aquino y con él la antropología católica sostienen que el cuerpo forma parte de la esencia del ser humano en cuanto “animal racional”. Sobre la unión del alma y el cuerpo, explica: “Es el mismo hombre que percibe tanto el entender como el sentir. El sentir no se da sin el cuerpo; de ahí que sea necesario que el cuerpo sea alguna parte del hombre” (Summa I, q. 76, a. 1). Por ejemplo, al leer estas líneas, el lector ve con los ojos (“siente”) las palabras y, al mismo tiempo, entiende su significado (a menos que yo no haya sido claro). En lenguaje filosófico, se dice que hay un único sujeto de acción —el lector— que ve y piensa. Por lo tanto, su cuerpo no está separado del alma como el automóvil del conductor; con sus características biológicas, el cuerpo “es” el propio lector. En otras palabras, el cuerpo que permite leer es tan esencial para la identidad personal como el alma racional que permite su comprensión. Un ser humano no es solo su alma, ni solo su cuerpo, sino ambos: cuerpo y alma. Tan unidos que tan solo la muerte los separa —de manera transitoria—, estando destinados a reunirse después de la resurrección, cuando llegue el fin del mundo.
El cuerpo masculino o femenino, junto con el alma, nos hace lo que somos como personas Santo Tomás prosigue: el cuerpo es la materia del hombre y el alma su forma. El alma es el principio vital de los seres vivos —lo que los torna vivos y distingue los seres animados de los inanimados— y el principio de sus actividades vitales. Hay diferentes tipos de almas conforme las actividades: las plantas se nutren, crecen y se reproducen (alma “vegetativa”); los animales, además, sienten y se desplazan (alma “sensitiva”); los hombres, en el ápice de los organismos vivos, tienen facultades racionales: intelecto y voluntad (alma “racional”). Así como el alma vegetativa está en el origen de las capacidades de las plantas y la sensitiva de las capacidades de los animales, el alma racional es el principio de todas las capacidades humanas (vegetativas, sensitivas y racionales). Como las capacidades vegetativas y sensitivas pertenecen al cuerpo humano, concluye santo Tomás que el alma racional es el principio de esas capacidades corporales y, por tanto, el alma es la “forma” del cuerpo. ¿Qué significa esto? Que el alma está tan unida al cuerpo que ambos forman una sola sustancia: el ser humano. En oposición al dualismo cartesiano, no somos “un fantasma dentro de una máquina”. Tanto el alma como el cuerpo componen quien somos. El Catecismo de la Iglesia Católica lo resume así: “La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la ‘forma’ del cuerpo (cf. Concilio de Vienne, año 1312, DS 902); es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza” (nº 365). La consecuencia es clara: si el cuerpo y el alma juntos componen la única sustancia que somos, entonces es necesariamente verdadero que el cuerpo —masculino o femenino—, junto con el alma, nos hace quienes somos. El cuerpo no es un accidente de la identidad personal, algo mutable como el color del cabello. El cuerpo masculino o femenino es esencial para lo que somos como personas. Toda nuestra vocación en el mundo solo se realiza armoniosamente aceptando y valorando esa forma determinada —masculina o femenina— de ser. El sexo está inscrito en el cuerpo y, con el cuerpo y en el cuerpo, conforma la personalidad y su psicología, que permanece, sin embargo, trascendente debido a la espiritualidad del alma. El Papa Benedicto XVI subrayó esta realidad sexuada en su discurso a la Curia Romana del 21 de diciembre de 2012, en el que criticó el famoso aforismo de Simone de Beauvoir: “Mujer no se nace, se hace — ‘On ne naît pas femme, on le devient’”. El Pontífice afirmó: “En estas palabras se expresa la base de lo que hoy se presenta bajo el lema ‘gender’ como una nueva filosofía de la sexualidad. Según esta filosofía, el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la que decidía. La falacia profunda de esta teoría y de la revolución antropológica que subyace en ella es evidente. El hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que esta no se le ha dado como hecho preestablecido, sino que es él mismo quien se la debe crear”. No se debe ceder a la “ideología de género” y validar una “transición” que agrava los problemas De hecho, la cultura puede influir en los roles masculinos y femeninos, acentuándolos o incluso distorsionándolos en estereotipos. Pero la cultura no es la fuente de la diferencia psicológica y existencial entre hombres y mujeres. La psique está arraigada en la íntima unión del cuerpo y el alma que impregna la vitalidad humana; por lo tanto, reducirlo todo a una construcción social ignora la base ontológica de la diferencia sexual. La aberración antropológica del transexualismo se hace patente cuando se pide una definición de “mujer”. Para nosotros, es sencillo: es un ser humano adulto de sexo femenino. Para quienes defienden la “transición”, ¿cómo pueden decir que un hombre biológico que ha “transicionado” es mujer? No pueden recurrir a la biología, la cual rechazan como definitoria. Por lo tanto, proponen que una mujer es quien tiene el sentimiento interior de ser mujer, lo cual es una definición circular, ya que utiliza el término que se pretende definir. Como señala la filósofa Sophie Allen, “el término ‘mujer’ carece de significado si puede significar cosas diferentes para personas diferentes en virtud de sentimientos privados y subjetivos, cuando nadie tiene cómo determinar si los sentimientos expresados por diferentes personas son del mismo tipo”. En el fondo, esta lógica abre la puerta al relativismo total, a la idea de que no existe una verdad objetiva y que lo único válido es el juicio subjetivo basado en el sentimiento interior, inmune a la verificación pública. Si ser “mujer” está determinado por un acto individual de la voluntad, ¿por qué otras realidades no lo serían? Todo se vuelve relativo; así alguien puede, sin más, declararse descendiente de Napoleón Bonaparte o heredero de algún multimillonario. Resulta evidente que el transexualismo es consecuencia de una anomalía psíquica —fruto del pecado original, al igual que las enfermedades corporales— que lleva a una persona a no aceptar su propio sexo. La persona debe ser tratada con respeto y bondad, y se le debe animar a buscar ayuda especializada para que recupere la armonía interior. Suprimir uno de los componentes —físico o psíquico— no es la solución. El arzobispo Alexander K. Sample, de Portland (Oregon), ofreció una analogía esclarecedora: En la anorexia nerviosa, la persona se ve “gorda” en el espejo, aunque objetivamente esté delgada; nadie la alentaría a perder más peso. De modo análogo, en la “disforia de género” existe una desconexión entre lo que la mente y el cuerpo dicen. Es una condición patológica real; requiere comprensión y caridad. Sin embargo, no se debe ceder a la ideología de la “identidad de género” y validar una “transición” que no resuelve el problema, sino que tiende a agravarlo y puede incluso mutilar irreparablemente el cuerpo. El transexualismo se opone al orden de la Creación y al designio divino de la familia Pasemos ahora a la aberración teológica implícita en esta corriente. La teología católica recurre al Génesis para discernir el designio creador de Dios para el mundo y la humanidad. Dios lo creó todo bueno e hizo a los seres humanos a su imagen y semejanza como coronamiento de su obra (Gn 1, 26-27). El Génesis también indica que Dios creó al ser humano como hombre o mujer (Gn 1, 27). Dios no creó a los seres humanos como “no binarios”, “andróginos” o de género fluido, sino un complemento binario: hombre y mujer. La masculinidad y la feminidad no son roles intercambiables; son características constitutivas de la persona. La ideología de género, al afirmar un alma masculina en un cuerpo femenino (o viceversa), propone una falsedad contraria a la sana filosofía y, sobre todo, a la Revelación. Además, las diferencias sexuales entre hombres y mujeres son complementarias, recíprocas y ordenadas al matrimonio y a la procreación. Jesús mismo enseña que fue en función del matrimonio que Dios creó a los seres humanos hombre y mujer (Mt 19, 3-6). Al borrar las distinciones innatas, la ideología de género se opone al designio divino para el matrimonio y la familia. Por último, toda la creación es un don de Dios y una expresión de su voluntad; Él confió el mundo al hombre como administrador, incluyendo a su propio ser. El hombre no es señor absoluto de sí mismo: “Del Señor es la tierra y cuanto lo llena, el orbe y todos sus habitantes” (Sal 24 [23], 1). Ahora bien, Dios nos creó hombre o mujer. Despreciar el orden natural creado, como lo hace el transexualismo, sobrepasa un límite inadmisible al defender intervenciones médicas que manipulan el cuerpo para hacerlo parecer del sexo opuesto. Es una grave ofensa a Dios y una violación de la dignidad y la integridad corporal de la persona. Estas manipulaciones se hacen eco de la antigua tentación de la serpiente a Adán y Eva de “ser como dioses” (Gn 3, 1-7). Como dijo Benedicto XVI el 22 de diciembre de 2008: “Lo que con frecuencia se expresa y entiende con el término ‘gender’, se reduce en definitiva a la autoemancipación del hombre de la creación y del Creador. El hombre quiere hacerse por sí solo y disponer siempre y exclusivamente por sí solo de lo que le atañe. Pero de este modo vive contra la verdad, vive contra el Espíritu creador”. La Iglesia prohíbe de modo categórico modificar el sexo en los registros de bautismo Por eso, es un pecado grave recurrir a tratamientos hormonales o cirugías con el fin de adaptar el cuerpo al “género” deseado. La Carta de los Agentes Sanitarios (1995), redactada por el Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios y aprobada para su publicación por la Congregación para la Doctrina de la Fe afirma: “No se puede violar la integridad física de una persona para el tratamiento de un mal de origen psíquico o espiritual. … Es por esto que no se puede correctamente asumir el principio de totalidad como criterio de legitimación de la esterilización antiprocreativa, del aborto terapéutico y la medicina y cirugía transexual” (obviamente, esto no excluye la posibilidad de que quien haya nacido con o desarrollado posteriormente anomalías genitales, como el hermafroditismo, reciba asistencia para corregirlas). Es igualmente grave, incluso sin tratamiento ni cirugía, adoptar una identidad social opuesta al sexo biológico, pues constituye una clara rebelión contra el designio divino y un escándalo para el resto de las personas, además de ser una manifestación pública de disenso con respecto a la enseñanza de la Iglesia. Por todo lo anterior, la aberración de las aberraciones fue la autorización del cambio en el registro de bautismo, mencionada por la consultante y hecha por el obispo de la diócesis de Paraná, donde había sido bautizado el primer niño que obtuvo en la justicia brasileña el cambio de nombre. Modificar el registro equivale a cohonestar un pecado cometido no solo por el solicitante, sino también por los familiares y por el juez que autorizó el cambio civil. El abuso de poder del obispo es aún más grave si se considera que el cambio de registro se habría producido en 2015. Ya en el año 2000, la Congregación para la Doctrina de la Fe envió bajo secreto a los nuncios de todo el mundo un documento confidencial en el que se orientaba a los obispos sobre los procedimientos de “cambio de género”. El documento concluía que tales procedimientos no alteran el sexo de una persona a los ojos de la Iglesia y que, en consecuencia, se debía instruir a los obispos para que en ningún caso modificaran el sexo que figuraba en los registros de bautismo de las parroquias. El texto también decía que los católicos que se hubieran sometido a un procedimiento de “reasignación de sexo” no podían contraer matrimonio, ser ordenados sacerdotes ni ingresar en la vida religiosa. En 2002, cuando se percibió que muchos obispos desconocían la instrucción, la Congregación la envió también a los presidentes de las conferencias episcopales. “El punto clave es que la operación quirúrgica (de transexualidad) es tan superficial y externa que no altera la personalidad. Si la persona era hombre, sigue siendo hombre. Si era mujer, sigue siendo mujer”, dijo una fuente que habló con el National Catholic Reporter.* El presidente de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos envió una breve carta a los obispos reiterando: “La condición alterada de un fiel bajo la ley civil no cambia su condición canónica, que es masculina o femenina según se determinó en el momento del nacimiento”. “Ven, Señor, y no tardes; perdona los pecados de tu pueblo Israel” La cuestión surgió por primera vez en Italia, a finales de la década de 1980, cuando un sacerdote anunció públicamente que se había sometido a una operación de “cambio de sexo”. Un medio de comunicación preguntó si un sacerdote que se somete a dicha operación sigue siendo sacerdote —la respuesta es “sí”— y si una mujer que pase por el procedimiento puede ser ordenada —la respuesta es obviamente “no”. Ante tantas aberraciones, cada vez más frecuentes, y al encontrar en tantos pastores respuestas muy por debajo de su misión como sucesores de los Apóstoles, no queda más remedio que levantar los brazos al cielo y clamar: “Veni Domine et noli tardare relaxa facinora plebis tuae Israel”.
* https://www.ncronline.org/news/vatican-says-sex-change-operation-does-not-change-persons-gender
|
Martirizado en París el 21 de enero de 1793 |
|
Jesucristo quiso nacer de estirpe real Cuando Dios Padre decidió dar su Hijo al mundo quiso hacerlo con honra, pues Él es digno de todo honor y alabanza... |
|
Taller de costura en Bretaña Plena actividad en este taller de costura en Bretaña (Francia). Junto al ventanal, con los visillos levantados para aprovechar mejor la luz del día... |
|
Canonización de Francisco y Jacinta Marto Declaramos y definimos como santos a los beatos Francisco Marto y Jacinta Marto, y los inscribimos en el catálogo de los santos, estableciendo que, en toda la Iglesia, sean devotamente honrados entre los santos... |
|
San Elías, el profeta de fuego El día 20 de julio, la Iglesia conmemora la fiesta de Elías, el profeta de fuego, que se consumía de celo por el Señor, Dios de los ejércitos, nueve siglos antes de la venida del Redentor... |
|
Algunas reglas de urbanidad El pecado nos ha puesto en la necesidad de vestirnos y de cubrir nuestro cuerpo. Por ese motivo, puesto que siempre llevamos con nosotros la condición de pecadores, nunca debemos mostrarnos, no solo sin vestidos, sino inclusive sin estar totalmente vestidos... |
Promovido por la Asociación Santo Tomás de Aquino