¿Quién, pues, no agradecerá a Dios tanto bien y no dará a los sacerdotes, por ser de él dispensadores, todo el honor y reverencia debida? Respétalos tú, hijo mío, y venéralos, ya porque así lo exige su dignidad de representantes de Jesucristo, ya porque esta es la voluntad de nuestro Redentor, el cual refiriéndose a los apóstoles y discípulos, y a sus sucesores los sacerdotes, dijo: “el que os desprecia, a mí me desprecia”; y finalmente por la grande utilidad que de ellos reporta el bien público por su ministerio de oración, sacrificios, predicación y administración de sacramentos, como te he explicado. Si supieres u oyeres tal vez que algún sacerdote ha caído en alguna miseria o fragilidad, ni te admires ni te escandalices de ello; pues que así como entre los primeros sacerdotes, los apóstoles, hubo un Judas, no es de extrañar que también entre los de nuestros días haya quien se olvide de que debe ser santo; porque el ser sacerdote no quita a nadie el ser descendiente de Adán y, como tal, sujeto a las mismas miserias y fragilidades que los demás hombres. Pero entiende, que porque uno sea malo, no se sigue que lo sean todos los demás; y aún con respecto al malo, quiero también que sepas, que has de compadecerte de la fragilidad que ha tenido como hombre y venerar la dignidad sacerdotal que en él ha marcado Cristo. Si ves colocado al frente de un pueblo a un mal sacerdote, has de afligirte, temer y pensar que quizás nuestros pecados han merecido tan horrendo castigo; pues que la Sagrada Escritura nos enseña que el mayor y más terrible de los azotes que Dios envía a un pueblo, es darte malos sacerdotes. Cuando la ira del Señor aún no ha llegado a su colmo, permite que las naciones se armen unas contra otras, que queden estériles los campos, que el hambre, la desolación y la muerte ejerzan su dominio sobre la tierra; pero cuando su justa indignación llega al exceso, envía el último y más atroz de sus castigos, permitiendo que ministros infieles, sacerdotes manchados, pastores escandalosos se coloquen entre los hombres. Entonces se verifica que las abominaciones del pueblo son causa de los malos sacerdotes y los malos sacerdotes son el mayor castigo con que Dios aflige al pueblo. Para evitar estos daños tan terribles, la Iglesia celosa siempre del bien de los pueblos y del decoro y lustre de los ministros del altar, ha establecido como ley doce ayunos al año [N. de R.: ya no en vigor], tres en cada principio de las cuatro estaciones, que llamamos témporas, que son el tiempo señalado para la ordenación de sacerdotes, con los que obliga a todos los fieles a que con ella supliquen al Señor que no nos castigue con darnos malos sacerdotes, antes bien compadecido de nuestras miserias, nos envíe ministros dignos y pastores celosos que nos guíen por el desierto de este mundo, hasta llegar con felicidad a la tierra de promisión, a la eterna gloria. Amén.
San Antonio María Claret, Catecismo de la doctrina cristiana explicado y adaptado a la capacidad de los niños y adornado con muchas láminas, Herederos de la Vda. Pla, Barcelona, 1849, p. 372-374.
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